Gilmer

Un reloj redondo y dorado cuelga de la pared. Las manecillas verdes se mueven lentamente al compás de los dedos del hombre. Debajo hay otro reloj, pero este es de arena. Los granos caen con rapidez hasta quedar vacío. Lo voltea, y otro ciclo da inicio, ahora con lentitud. La imagen borrosa de una chica se forma y con un chasquido se disuelve. En la pared se refleja la sonrisa del Tiempo; imágenes cruzan ante sus ojos, una tras otra hasta que se detienen.

Una abarrotada plaza comercial, personas que van con bolsas de compras. Andy espera en una mesa del cine; los dedos tamborilean la madera mientras observa el sitio por donde las personas entran. Mira su reloj azul con detenimiento, en su rostro se forma un gesto. Las manecillas se siguen moviendo, el tiempo avanza. Revisa el celular como si ahí tuviera la solución. No ha llegado ningún mensaje de disculpa… aún. Los dedos tamborilean: pam… pam… pam. Se impacienta. Fija su vista por donde los demás van llegando, hasta que reconoce una cabellera castaña. Mariana va andando hacia ella con pasos rápidos, sonríe tímidamente con una disculpa grabada en su rostro, mientras que Andy hace una seña con su reloj. Entran a la siguiente función. 


Mariana es como una mariposa revoloteando por aquí por allá, con un sin fin de cosas que hacer y aprender, pero con un obstáculo. Levantarse temprano y organizar su agenda no era suficiente: siempre llegaba tarde a sus compromisos. Minutos u horas, sin importar el esfuerzo, coincidir con el Tiempo era un problema. Se resignó a estar estigmatizada por la impuntualidad. Clases, exposiciones, exámenes, clases otra vez; era un día ajetreado con demasiadas actividades. Ella está agotada y lo único que desea es dormir. La cama la seducía, pero no puede. Los números del reloj digital cambian, sus ojos se cierran y, de vez en cuando, se le escapa un bostezo. Medianoche. La una, las dos, las tres… es momento de ir a la cama y sucumbir ante Morfeo. La alarma suena en diversas ocasiones, pero nadie se percata ante esto. Silencio. El reloj de pared repiquetea... tic tac tic tac, poco a poco comienza a hacer un mayor eco… TIC TAC TIC TAC. Las manecillas giran a una velocidad vertiginosa hasta que se detienen. El celular cobra vida al son de una canción. Mariana, con tanto ruido, despierta, aturdida responde la llamada. 


—¿Dónde estás? El examen está por comenzar. —Fue lo único que bastó para levantarse.


Anda por toda la habitación mientras se viste. Se cepilla los dientes a la par de que se calza sus converse. ¿Cómo se le olvidó que tenía examen? En eso nunca llegaba tarde. Corre con suerte, su profesor no le importa su retraso. Tiene que arreglárselas para responder todo el resto de hora que le queda. Nada parece arreglar su problema. Exámenes, comidas importantes, compromisos con sus padres, a todo llegaba tarde. A veces perdía la noción de lo que estaba haciendo, otras en definitiva no recordaba sus eventos. Andy, convencida de poder arreglar su problema, le regaló un reloj. Uno diferente a todos, uno de bolsillo color plata con el grabado de una serpiente y una inscripción en verde: “Para que dejes de llegar tarde” se leía.


—¿Dónde estabas? —Suena su celular—. Te marqué, te dejé mensajes. Dime... ¿qué tanto te importo? 


—¿Por qué me preguntas esto? —Mariana no sabía a qué se refería. 


—No sabes qué día fue ayer, ¿verdad?


—¿Viernes veintisiete? 


—¡Eres increíble! Olvidaste mi cumpleaños. —La sensación de un balde de agua helada cae sobre ella.


—¡NO! No es lo que parece; te compré tu regalo... 


Quiere explicarle, pero no salen las palabras. Su amistad está en peligro. Por alguna extraña razón, Mariana no recordaba las fechas de sus entregas ni de nada, apenas tenía noción del mes en que vivía. Mira el reloj que le obsequió Andy; lo llevaba siempre consigo por nostalgia. Sabe que la inscripción eran las palabras de ella. Las manecillas se detienen. Extrañada lo acerca al oído, y sin querer aprieta un botón. Con click una luz la absorbe, apareciendo ante una sala enorme y blanca. Ve otro reloj, sus manecillas están detenidas al igual que la arena del otro. Se acerca, siente un hormigueo en el cuerpo. Algunas imágenes se forman en la superficie al ser rozada por sus dedos. El vacío en su mente se llena y los recuerdos aparecen. Tiempo aparece con una túnica oscura, su barba negra y un ojo de vidrio, donde se podía ver los engranajes del interior.  


—¿Qué haces aquí?  


—¿Quién eres tú? ¿En dónde estoy? —Aprieta con fuerza el reloj que le regaló su amiga. 


—Yo soy Gilmer —Ofrece su mano; es un brazo que se mueve lento como una máquina—. Temporis, el Padre tiempo, pero… ¿Cómo entraste aquí?


—Con esto —responde Mariana mostrando su propio reloj—. Tú modificas mi tiempo, ¿verdad?


—Puede ser.


—¿Por qué? Por tu culpa llegaba tarde a todos lados. Mi mejor amiga me dejó de hablar— respondió muy molesta 


—Es divertido.


—Pues no lo es. Me causas demasiados problemas.


—Ese es el propósito. 


Mariana, enfurecida por la sonrisa que tiene Gilmer, se acerca al gran reloj de arena y lo avienta contra la pared. Miles de fragmentos se esparcen por el suelo; las manecillas se mueven hasta formar una imagen nítida: el día del cumpleaños de Andy. Antes de que el hombre hiciera algo, ella aprieta el botón de su reloj y desaparece. 


¿Te encuentras bien? 


—Sí, bastante bien 


—Hoy llegaste temprano. Muy puntual. —Andy la mira extrañada, como si tuviera una enfermedad contagiosa. 


—Créeme que ya no volveré a llegar tarde nunca más.


—¿Usaste el reloj? 


—¿Cómo lo sabes?


—Necesitabas un poco de ayuda. —Quedó sorprendida ante semejante revelación, aunque tampoco estaba dispuesta a regresarlo. Quizás el Tiempo la dejaría en paz. 


Escribir

¿Qué escribo?

Por la mente me transcurre una infinidad de libros, aquellos que me llenaron de vida y me sirvieron como inspiración para desear ser escrit...