Decides irte a vivir a otra ciudad, dejar lo viejo atrás: nuevos amigos, nueva casa, nuevos horizontes… es extraño desprenderte de los viejos hábitos, de la rutina y lugares comunes que solías visitar. La gastronomía te atrapa con el pasar de los días, ya eres parte de ese hogar aunque echas de menos un poco de tu antigua vida. Buscas empleo, decides estudiar y ampliar tus conocimientos; de vez en cuando charlas con tus otros amigos, ves que tratan de reunirse todos, sabes que si se da tú serías la única que faltaría, sientes algo de nostalgia pero eres feliz. Un día te dan ganas a dar un paseo, vas caminando por las calles, vives en lo que todos llaman pueblo mágico, y si, sabes que hay una especie de magia en el aire que te hace sentirte con confianza. A lo lejos está él, notas su presencia y al parecer le pasa lo mismo que a ti, sus miradas se cruzan por unos instantes, se sonríen. Los encuentros entre ustedes comienzan a ser recurrentes, comienza a cortejarte, a darte detalles, a invitarte a salir, ir a comer, al cine o sólo seguir conociendo más de la ciudad. Cuando menos te das cuenta, ya te propuso que fueras su novia, aceptas sin objeción, te sientes cómoda a su lado.
Es una relación de novios normal, lo conoces más a fondo y sabes que está muy interesado en la iglesia, tú sólo eres algo creyente, de vez en cuando ibas a escuchar misa los domingos, eres una joven que te gusta salir a bailar, tomar unas cuantas copas cada tanto tiempo, divertirse, sin embargo no puedes evitar que esa gente te vea mal. Su familia no te acepta, no eres lo que esperaban para él, sólo su hermana se atreve a tratarte, a verte como una persona común con creencias diferentes. Comienzan a tener salidas los tres para divertirse un rato, todo marcha bien, no te preocupas por nada pero la envidia comienza a corroer. Una desconocida para ti, una persona de confianza para la hermana de tu novio, se cree con el derecho de intervenir en su mente. Aun así te propone matrimonio, están listos para tener una vida juntos, aceptas con emoción, comienzas con los preparativos; la iglesia, la fiesta, los invitados, la luna de miel… pero la mordida de la serpiente había sido dada mientras que el veneno quedó impregnado, no estás dispuesta a soportar nada de eso, y sabes que la pelea es inminente; no quieres quedarte callada, quieres decir lo que piensas, pero los golpes fueron dándose paso entre las palabras. Las promesas de evitar la boda te tienen sin cuidado, no sabias el daño que estaba por venir hasta que te prohibieron ser parte de la misma iglesia, de la cultura. Tu prometido de aquella ciudad y tú de otra, mundos totalmente diferentes.
Los preparativos ya están, es momento de hablar con su padre y recibir su bendición, sigues emocionada a pesar de todo. Sin embargo, el señor tiene otras intenciones, por lo que te encierra en un cuarto para orar por ti, aconsejarte de que sigas el camino correcto, o eso es lo que dice… pero la verdad se revela. Los insultos se respiraban en el aire, eres una mujer de porquería resonó en tu mente, tratabas de engullir; te hace esa promesa de ser el encargado de divorciarlos, aún así pasas por alto todos los insultos, estás enamorada y aún así sigue en pie la boda. Llega este día tan importante para ti, se casan, aunque nadie de la familia se encuentra feliz, el asiento de su hermana se encuentra vacío. No te importa mucho, tu familia está contenta por ti, tú lo estás; la recepción pasó sin ningún contratiempo, algunos cenaron y se fueron, la pasas bien. No hay luna de miel, en cambio a la siguiente semana de tu boda, partes con tu esposo a una playa hermosa, en donde le ofrecen una gerencia a él, acepta sin miramientos, renuncia a ser líder de jóvenes, todo pinta para ser mejor.
El primer año de matrimonio resulta el mejor, la ciudad, la vida, todo, pero ambos toman la decisión de regresar. Él deja la gerencia de su empleo, aparecen problemas económicos y otros problemas que te hace caer en una realidad que no quieres aceptar. Ver de nuevo a su familia te produce un malestar, los conflictos entre ellos aumentan, los tienes que ver todos los fines de semana, tienes que asistir a la misma iglesia. La depresión y ansiedad te acechan, se convierten en tu propia sombra, te susurran en la mente; dejas de ser tú, tu ropa es otra, te sometes a la sumisión con las largas faldas, no te permiten la tristeza o el enojo. Los demonios existen, el infierno igual, todo es dolor para ti, ese desprecio de la familia de tu esposo. Todo te duele, y sólo decides ser parte del coro de la iglesia, involucrarte tanto y dejar a un lado la vida que conocías. Tus oídos se llenan de voces, de cómo debes actuar ante el mundo, el miedo es tu acompañante más fiel, temes a hacer algo malo para los ojos de un dios inexistente. Por unos instantes, vuelves a tomar las riendas de tu vida, decides actuar por tu bienestar, acudes con el psicólogo pero ellos se enteran. Orar por y para ti, has sido poseída por cada demonio en el infierno, debes ser exorcizada de cada pecado.
Brebajes, ayunos, plegarias, palabras sin sentido. Tú, como esposa del predicador no puede estar mal. No puede ser humana y sentir nada. La tortura oculta en tratamientos, freirte la mente es la solución, todo con tal de que mejores, o eso es la recomendación de una seudo psicóloga… él quiere un bebé, su familia anhelan una bendición… sólo te desmoronas en el abismo de la oscuridad, la ausencia te mastica. Tu abuela te ve, se preocupa y manda por ti, sólo te vas sin mirar atrás. Es ahí cuando empiezas a ver un rayito de sol, alejarte de aquellas personas, de la iglesia, de tu esposo y tomar una pastillas, tienes esperanza de estar bien otra vez. No deseas parar en un hospital psiquiátrico, le echas ganas, todas las que te quedan; te quedas un mes con tu abuela y es cuando decides pedir el divorcio, pero… él se niega, quiere una segunda oportunidad, te dice que te va a apoyar para que salgas adelante. La tranquilidad dura un mes.
Él llega tarde todos los días, moretones en el cuello, un perfume ajeno a ustedes, al tuyo, deja de llegar a dormir. La desesperación comienza a engullirte, no quieres terminar mal, ni peor que antes. Sabes que estás en una toxicidad que tarde o temprano te va a consumir, los otros sigue presionando por un embarazo, lo intentas, te sometes a tratamientos. No lo sabes, pero tu calvario está por concluir. Te pide el divorcio una semana después de tantos chismes, aceptas sin rechistar y es ahí, cuando te encuentras a un viejo amigo. Te apoya, te sostiene en cada momento, no deja que caigas, firmas los papeles con tu nuevo acompañante. Comienzas a salir de las sombras, no importa que te queme el sol, sabes que no son las mismas llamas de un infierno que ya viviste.