Bicolor

El diccionario define el término amistad como afecto personal puro y desinteresado. Esas dos palabras que toman relevancia: Puro. Desinteresado. Precisan con que esa simpatía debe ser compartida con otra persona que nace y se fortalece con el trato. Que nace… se fortalece. Los términos se quedan en mi mente, lo pienso mientras veo como los copos de nieve rozan las ventanas del gran salón. Ha dejado de escucharse el chisporroteo de las llamas, las que se fueron extinguiendo lentamente ocultando el murmullo del viento que sopla afuera. En la habitación más alejada, se escucha un pequeño crujido; el gato que dormía sobre una de las cómodas butacas cerca de la chimenea, se desperezó ronroneando. Algunos rayos de luz se escapan por la ventana del dormitorio, colándose por las cortinas de dosel. Había despertado con una ilusión. Deseaba que al abrir los ojos, todo fuera una pesadilla, un mal momento del que quisiera olvidarme, pero me equivoqué. Te fuiste, dejándome con un vago recuerdo; las paredes susurran nuestras aventuras esperando a que alguien las escuche, sonría y pida que las contemos una vez más.

Floki corre tras de mí, con la pelota en el hocico esperando a que se la lance, Moony sólo se mantiene en su lugar, acostada. Me cuestiono cómo es que alguien como tú, terminó siendo parte de mi vida ¿Cómo es que te convertiste en un compañero entrañable, siendo distintas pero iguales? ¿Cómo pasó? ¿Existe alguien, que te permita alcanzar los sueños, sin tener que destruir de por medio las ilusiones? Floki se acercó a mí para reclamar mi atención, me senté en el suelo, él se acurrucó en mis piernas, distraídamente acaricié su oreja negra al mismo tiempo que trataba de relajarme, y disfrutar de un gesto tan noble. Nunca creí que me tuviera tanta estima para saber cuándo necesitaba de una compañía tan amena. Moony se cansa de estar en su cojín, también quiere un poco de cariño, entre ronroneos se fue acercando a nosotros. Mi mano derecha acaricia el lomo blanco de Floki, mientras que mi mano izquierda, las orejas grises de la gata. Dejo escapar el aire que he estado conteniendo por mucho rato para sumirme en el pasado. 

¿Lo recuerdas? Bastó un saludo para que comenzara esta travesía de la que no me arrepiento. Hechizos, deportes mágicos y un chaval, el mismo que terminó siendo como la mayoría, ese que con el peso de sus acciones se transformó en el innombrable aunque debo admitir que, se convirtió en un bufón para divertirnos a ratos. Ni tú ni yo tuvimos la menor idea de sus planes para recuperarte y he de aceptar que sin él, no hubiéramos construido lo que tenemos hasta ahora. Palabras hechas en mensajes, sonidos mudados en tu voz. Anécdotas y arcanos detalles fuimos compartiendo al pasar las semanas. Aficiones, disgustos, virtudes, pero… ¿En qué ocasión exploramos los defectos? Cuando me abandonaron. Fue Alice la primera en hacerme cambiar de opinión sobre la verdadera amistad. Mi fe hecha añicos por falsas promesas, y esos fragmentos bastaron para que yo fuera capaz de salir del olvido en el que me encontraba. Siempre me he mantenido reservada ante mi pasado, por miedo al darme cuenta de que no he sido capaz de controlar esos recuerdos, porque la memoria hiere. 

Solía vivir en la soledad, no sabía cómo convertirla en mi acompañante, era un vacío que me asfixiaba. Sentía las sombras devorarme con avidez. Alice era una pequeña luz brillante, como una luciérnaga entre la noche que seguí ciegamente esperando encontrar lo que buscaba, lo que mi alma anhelaba. Una plática sencilla se fue transformando en algo más fuerte. Escuchó mis inseguridades, leyó mis pensamientos, me motivó lo necesario para lograr salir del bache en el que me encontraba. Nos acompañamos, conocí sus sueños, busqué la forma de ayudarla a luchar por sus metas, creí conocer todos sus demonios, creí poder enfrentarme a cada uno de ellos. Padres separados, una familia rota. Caminos diferentes y heridas hechas. Culpa tras culpa fueron causando dolor. Crisis y dudas existenciales. ¿Cuál era el sentido de la vida? No supe qué responder, corría por mis venas una furia contenida por ver su rendición, por ser testigo de que no tenía esa fuerza de voluntad para afrontar las adversidades. Sin embargo, me mantuve para darle lo que necesitaba. Busqué la forma de inyectarle vitalidad pero no me daba cuenta que tenía un precio, uno que me absorbía. Cargué sus problemas sobre mis hombros y su infierno se convirtió en el mío, sus demonios comenzaron apoderarse de mí.

Desgaste. Tóxico. Eso era todo en mi ser. Un daño que me ha estado haciendo para poner en duda mis esperanzas. Alice puso un abismo de distancia, el que no soy capaz de superar ni seguir. La quise demasiado para arriesgarme a caer en un precipicio. Y sólo se fue. Me abandonó. Me lastimó profundamente, aún así le abrí de nuevo mis brazos para acogerla en medio de una fisura en un lazo que nació. Seguí vagando en un camino oscuro, en ocasiones con matices grisáceos. Hasta que conocí a Anahí. Ella me ayudó a comprender las penas que embargan a Alice, me hizo saber la importancia que yo tenía en la vida de los demás, al menos de aquellos que valían. Supo apreciar cada detalle, cada sonrisa, cada palabra de aliento que solía darle, pero sobretodo supo abrir un corazón encerrado por miles de cerrojos. Creí haber encontrado en ella una compañera de aventuras, con la que podía salir a dar un paseo o sólo platicar. Todo marchaba bien, solía sentir su cariño, solía aprovechar cada abrazo dado porque decía que eran especiales. Yo era especial... o así lo pensé. Así lo creí y así lo deseaba. 

Sentimos, cada latido nos recuerda que respiramos, con problemas o sin ellos. ¿Cuál es el motivo para seguir? La vida misma. La determinación. Si caemos nos levantamos y seguimos, las veces que sean necesarias. En solitario o acompañados. Pero Anahí prefería tomar distancia, para luego desaparecer; no tomaba aquel riesgo de dejarse guiar por esos que estaban dispuestos a ir en camino con ella. Se marchó sin dejar una explicación. La iniciativa de arreglar las cosas se esfumó como el humo de un cigarrillo, pero quedando impregnada en mis recuerdos. 

Una vez. Dos veces. Una segunda oportunidad para mejorar, pero sólo sabía alejarse. Se fue, dejando una herida, una marca. ¿Quién se iba a imaginar lo que me esperaba después? Una prueba engorrosa: Minerva. Otra ocasión en la que creí que había encontrado la que cuidaría de mi alma porque dicen que la tercera es la vencida ¿No? Tenía en mi mente que estaría cada vez que yo cayera, y en un comienzo así fue. Compartimos risas y aventuras, deseosas de que no tuvieran un final. Creamos lazos llenos de envidias secretas y redes de hipocresías. Cegada por haber encontrado a alguien con quien pudiera compartir mis anhelos pero caí en la trampa, la misma que me iría consumiendo lentamente. Tuvimos un sueño. Deseábamos que los demás conocieran nuestras andanzas a través de las palabras. Yo tenía un don, el de hechizar las letras. Era mi fuente de esperanza, la forma que encontraba para mantenerme en una realidad llena de matices. En ningún momento pensé que todo se derrumbaría. Mi corazón, hecho de piezas de lego que tomó sin pedir permiso para arrojarlo contra un muro, con la frialdad y maldad existentes. Destrozando todo, una nueva toxicidad corría por mis venas. Las manecillas del reloj se fueron convirtiendo en reproches por no haber sido lo que ella quería. Reclamos. Esos que te obligaban a bajar la cabeza y a ceder. Un vínculo roto era el resultado de una dolorosa batalla. Se perdieron derechos, dejaron de pertenercerle en el instante en que se dejó consumir por el egoísmo; los trazos de tinta en la piel comenzaron a perder significado, a ser un recordatorio. Todo empezó a ser dudoso para terminar siendo probablemente un error, el mismo que me estaba dejando una enseñanza. ¿Qué somos ahora? No sé, no tengo idea si podremos seguir escribiendo aventuras. Y ahí apareciste tú, para fortificar mi ser al escuchar mis sollozos y secar mis lágrimas. Quejas tras maldiciones, golpes tras tropiezos porque quise rendirme, quise dejar de creer pero me levantaste y me motivaste a seguir con la magia. Tenía las intenciones de desaparecer, ser olvido, pero no lo permitiste; fuiste demasiado contundente, dura. Escuché lo que tenía que oír, lo necesario para obtener fuerza de voluntad. Fuiste mi tabla a la que pude asirme en medio de la tempestad, la luz para alguien condenado a la oscuridad.

Los minutos corren, las horas pasan, decido abrir mi corazón y tú decides entrar en él; despojas mis temores y con valentía tomas la batuta y te quedas. Me aconsejas, me alientas, aprendo de ti y te conozco lo necesario para querer entregar mi vida por la tuya. Tu sabiduría logra llenar el vacío, deja de doler cada punzada y ahora cada suspiró tiene un motivo. Lograste mantener mi naturaleza intacta con cada palabra. No espere que el tiempo transcurriera para tenderte la mano y devolverte el favor. Te levanté, te reforcé. Te escuché, te abracé a distancia pero lo suficiente para que me sintieras cerca. Fui dura, fría, necesitabas aprender para ser mejor, porque para tí, rendirse no es opción. Quise darte el cariño necesario, en aquella vez, cuando sufriste de un corazón roto. No fue fácil, pero fui capaz de ayudarte a pegar cada trozo; logré que sanara para que funcionara de nuevo, porque un corazón que siente te recuerda que es un corazón que vive. Nuestra historia es la del león y la serpiente, de cómo rompieron toda regla impuesta por la naturaleza para convivir de cerca sin perecer. Un mamífero, un reptil, que se hicieron daño en algún punto para que el felino rugiera y la víbora se alzara para demostrar que no existe debilidad alguna, sólo la que uno quiere que sea así. 

¿Has olvidado nuestro día? No lo creo, porque fue justo cuando te conocí, cuando todo dejó de ser ficticio para ser real. Tenía tal entusiasmo en abrazarte y dejarte sin aire… un sueño hecho realidad. No sé por qué, pero accediste en ir al zoológico conmigo, cuando pudimos haber hecho otra cosa más interesante; vimos a los animales y nos detuvimos en las jirafas, tu animal favorito. Después fuimos a comer pizza. Un plan muy tradicional pero nuestro, algo que no repetiría con alguien más que no seas tú. Te reíste de mis mufafadas hasta que te dolió el estómago. Es posible que nadie más lo entienda pero somos el claro ejemplo de que el rojo y el verde se combinan perfectamente, porque no todos los leones son estúpidos ni todas las serpientes son malvadas. Tu astucia ha deducido la transparencia de mi persona, no existen secretos ni mentiras. Cada preocupación la sabes, cada problema lo solucionas con inteligencia; te convertiste en la persona con la que me gustaría compartir mi tiempo y los momentos más importantes en mi vida. Quiero que seas parte de cada logro obtenido, estés detrás del éxito de mis sueños y seas esa historia de la que nunca me canse de contar.

Ha pasado tanto desde que comencé a surfear en las olas de la añoranza; Floki y Moony siguen acurrucados en mi, acariciándolos. Apenas soy consciente de lo que estoy haciendo, sus respiraciones están en armonía. Mis audífonos vibran al reproducir All shall be well de Radnor & Lee. Los escucho una y otra vez, una forma sutil de perderme entre tanta nostalgia.

Era extraño, pero sentía que no estaba en el presente, sino que estaba viajando en un limbo, entre tantos instantes y momentos. Mi corazón afligido me retorna a mi realidad de tu ausencia. En esta ocasión comprendo que tenías la razón. Seguí unos instantes más, sentada en el suelo con ambas mascotas siendo ya consciente de todo, de mis errores y de mis añoranzas. Por instinto, reconozco ese característico sonido de tus pisadas; me levanto tan rápido como me lo permiten las criaturas, apenas abro la puerta cuando ya tengo encima a Max. Mi bestia favorita, ese perro canela que me ha acompañado por años. Ya no corre con tanta velocidad como solía hacerlo pero todavía tiene fuerza suficiente para poner sus enormes patas encima de mi y tirarme al piso, mientras me babea la nostalgia. Alcé la cara y sigues ahí, de pie, observándome en el instante en que Floki salió corriendo hacia donde estás, dejando sus huellas en la nieve tras de sí. Me embarga mi espíritu herido, reconozco mis fallas, y sé que estuvo mal. Me aproximo a ti con temor. Siento una opresión en el pecho, la misma sensación que había experimentado justo después de que todas esas personas me abandonaron, una pena que me aplastaba el corazón y los pulmones.

—Yo… —Las lágrimas brotaron, incapaz de impedirlo, ardientes primero y luego heladas se deslizaban por mis mejillas; no tenía sentido alguno fingir que no lloraba, las dejé resbalar, apreté mis labios con la vista fija en la gruesa capa de nieve. 

—Mírame —susurraste enfadada. Temblaba aunque no sabía si de miedo o de frío, no podía darme el lujo de que te fueras una vez más.

—Astrid… perdóname, no pretendía arruinar esto, yo… —alzaste la mano impidiendo que dijera algo más, quizás no pretendías oír un discurso bien elaborado.

—Es la última Emma, la última que estropeas todo. Me importa un bledo que no te guste la navidad —no tenía otra opción más que poner la mejor cara posible. Una sonrisa tímida e inocente, a veces resuelve todo.

—Ya, enserio perdón —volví a repetir con arrepentimiento en mi voz

—Sigo sin creer lo que hiciste 

—Y yo menos… te fuiste —susurré dolida. Pusiste los ojos en blanco, ese gesto que tanto conozco, algo tan de ti. Tomaste mi mano y la apretaste con fuerza. Importaba que estabas de vuelta —Es más, te tengo una sorpresa —exclamé emocionada

Antes de que protestaras, entré a tomar mi sudadera, mi bufanda y guantes para salir de nuevo. Había comenzado a nevar, tomé tu mano para llevarte atrás, donde te quedaste con la boca abierta. Un enorme árbol de navidad, lleno de escarcha y nieve estaba en medio del jardín, adornado por esferas de colores pero entre ellas, las rojas y verdes resaltaban con luces, que a pesar de ser una mañana clara se podían ver de manera estupenda la luz que irradiaban; debajo se encontraban algunos obsequios, grandes y pequeños, con moños y sin ellos. 

—¿En serio? —preguntaste anonadada

—Muy en serio 

—¿Y volverás a arruinar la navidad? —cruzaste los brazos, era evidente que todavía estabas resentida 

—Ya me disculpe contigo —suspiré dolida y cansada

Astrid estaba poniendo algunos adornos en el árbol de navidad; ya había puesto unos cuantos en el resto del lugar, mientras yo rebuscaba en las cajas. Aburrida, observé con detenimiento las esferas tan brillantes. Lancé una al aire atrapándola a tiempo antes de que cayera al suelo. Floki y Max mostraron interés en el juego que de inmediato se acercaron a mí, moviendo el rabo emocionados y felices. En una de las cajas, me encontré una pelota de goma. La lancé hacia el patio y ambos canes salieron corriendo tras de ella. Floki fue más hábil atrapándola, regresó feliz para que se la pudieran aventar de nuevo. Lo hice mientras seguía jugando con la esfera y ayudando de vez en cuando a Astrid; Max intentó aprovechar el descuido del pequeño para atrapar la pelota, que terminó una vez más en las oscuridades de los adornos. La batalla por obtenerla produjo un choque dominó, las cajas cayeron con un sinfín de esferas de colores. Pedazos de vidrios esparcidos en el suelo, y el árbol desplomándose.

—No quería que un simple juego terminara mal —volví a disculparme

—¡Quemaste el árbol! —gritaste con obviedad y furia en tu voz —¡quedó hecho cenizas! por suerte no incendiaste la casa —me respondiste muy duramente, a punto de regañarme otra vez 

—Pero te lo estoy compensando ahora —volví a poner una sonrisa inocente —¿Por qué no lo aceptas y lo olvidas? —pregunté. Tu ceño fruncido fue cediendo poco a poco —¿Sabes? No pretendo que de la noche a la mañana olvides mi travesura pero sí que recuerdes, que eres mi compañera y mi cómplice en este viaje que se llama vida. Una persona con la que puedo hablar de todo: filosofía, amor, galaxias, muerte, vida… o simplemente no hablar de nada. No. No puedo permitir que te vayas. 

Si tropiezo te recostaras a mi lado, esperando pacientemente a que decida ponerme de pie, tendrás palabras de aliento que me infundirán ánimo. Y si la caída supera mis fuerzas, tú me levantarás. Habrá caminos diferentes pero quiero que sepas que estaré para ti siempre sin importar hora o día. No compartimos la misma sangre pero ya eres mi hermana, la misma que elegí para compartir lo más importante. Mi alma gemela. Sonreíste ligeramente, tus ojos se llenaron de agua pero sé que escuchar esto te hizo bien. Te convertiste en la cura para tanta toxina devastadora que deterioraba mi espíritu, una pieza faltante, hecha de amor puro, la que necesitaba para seguir creyendo. Eres mi 11:11, un deseo de que te quedes en mi vida, que no te vayas... Sin duda, eres el ejemplo de que el verdadero amigo es aquel que desnuda tus miedos para mantener tu esencia, el que cuida tu alma para sacar la mejor versión de ti.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Escribir

¿Qué escribo?

Por la mente me transcurre una infinidad de libros, aquellos que me llenaron de vida y me sirvieron como inspiración para desear ser escrit...