Versos de rincón

El día de rutina había terminado, la casa se encontraba vacía y los sonidos hacían eco en las paredes. El rechinar de las escaleras con cada paso de esa chica de piel blanca como las hojas de papel, de cabellos negros como las sombras. Ella entró a su habitación, la mochila quedó tirada a un lado del escritorio de madera. Se notaba cansada, una espera que parecía interminable. Una tortura con un silencio abismal atemorizante. Se miró en el espejo del tocador, estaba pálida y ojerosa. —Amas pero nadie te ama a ti —se dijo en voz alta.

El sonido del rasgueo fue perdiendo intensidad. La pluma se detuvo y con lentitud se deslizó de su mano cayendo con estrépito al suelo. Observó la tinta negra que brillaba, a pesar de la penumbra sus ojos lograron vislumbrar la palabra amor. Sus rodillas fueron abrazadas por sus largos brazos, su rostro quedó recargado en ellos mientras que su mirada apuntaba hacia lo traslúcido de la ventana. Estaba perdida en el momento, en las gotas que resbalaban por el vidrio, hechas de una lluvia que había sido fina y lejana, quizás soñada e inexistente. Gotas delgadas que formaban hilos. Con su lento escurrir descendían sobre un camino sin caricias. El tiempo fue pausado y el silencio se transformó en un grito de soledad, el aliento se escapó de su boca susurrando desde su interior. Pestañeó un par de veces, rocíos de sal cayeron sobre sus mejillas perdiéndose entre las profundidades de la oscuridad. El llanto pasó a ser sollozos, luego ya no se percibían; dejó de abrazarse mientras que su mano buscaba la hoja. La encontró a su lado, releyó lo escrito al momento en que sus dedos la fueron estrujando hasta desvanecer las letras, hasta convertir el papel en polvo. Se levantó con lentitud, recogió la pluma y caminó a la parte más iluminada y acogedora de la habitación.

—Escríbeme un poema —escuchó en la lejanía —escríbeme un poema —retumbaba en el silencio. Dejó de escuchar su voz, ahora sólo parecía ser un recuerdo. Ella era una poeta invisible. —Es una batalla perdida, entre la luz del mundo. No puedes seguir. —repitió con dolor, con agonía. El reloj rompió la soledad, tic…TAC. Las manecillas caminaban, el rincón le llamaba. Papel y pluma, ese murmullo en la lejanía —Escríbeme un poema. Escríbeme un poema…

El polvo se funde


Era la hora. Su escritorio estaba ordenado, tomó aquellas cuchillas de acero y con un último exhalar salió de sus labios, la carne de su muñeca fue penetrada por una hoja plateada mientras que la sangre corría con lentitud, siguiendo las líneas de la palma de su mano hasta la forma de sus dedos. Granos carmesí cayeron sobre el papel para impregnar sus versos. Se recostó en la cama y cerró sus ojos. Hoy no moriría. 

Los ladridos de un perro se escucharon con fuerza, rasguñaba la puerta, el alboroto había sido suficiente para que la despertara. Observó el techo unos minutos, los constantes intentos de atención del perro tras la puerta hicieron que se levantara con pesadez.

一Basta ya, Zeus 一musitó al abrir y ver al pequeño bulldog francés negro que quería salir 一Cállate. 一le puso la correa y salió. Dieron una vuelta al parque, al regresar a la casa lo soltó, Zeus corrió hacía su cojín y se tumbó. Ella regresó a su habitación para meterse al baño, por la ventana se asomaba la luz del sol y las tijeras resplandecientes como estrellas fugaces en el horizonte. 

Lo veía de lejos, abrazado a esa pelirroja hermosa. Aquellos labios fundiéndose en un beso, aquellas manos entrelazadas y caminando juntos. De sus ojos no salieron lágrimas, de su boca no hubo sonrisa más que una mueca. 一Te amo 一dijo en voz baja mientras su mano recorría su pecho, cerca del corazón como si estuviera comprobando que latía, se abrazó a sí misma, dió media vuelta y se marchó.

La casa estaba vacía, como siempre. Su habitación lucía igual como la había dejado en la mañana. Tomó la pluma y las hojas que volaban por ese viento de la ventana, se hincó en el rincón y comenzó a escribir. Esa voz la escuchaba de nuevo mientras plasmaba su ideas: Escríbeme un poema. Escríbeme un poema…

Quiero salir y poseerte.

La tinta se desvaneció por el papel, versos escritos con sangre en su piel convirtiéndose en poesía, sollozos sin agua, lágrimas secas. El reloj latía, el velo de la noche la envolvió con suavidad. Lo intentaría una última vez. Vivir o… morir. Lo intentaría mañana, lo intentaría el siguiente día, y el siguiente del siguiente. El rincón la esperaría siempre para escribir versos en soledad.

Escribir

¿Qué escribo?

Por la mente me transcurre una infinidad de libros, aquellos que me llenaron de vida y me sirvieron como inspiración para desear ser escrit...