El ser humano es un misterio, y lo misterioso radica en existir. Es parte de lo común, de lo corriente; la angustia, la soledad, el temor abruman a las personas que acaban convirtiéndose en personajes inquietantes. El miedo ayuda a regular los pasos que se deben dar, que tan grandes deben ser en cada momento para sobrevivir. El miedo es un mecanismo que ayuda adaptarse al entorno. Al adentrarse en la tinta de lo fantástico se encuentra con inquietudes que están impregnadas de terror y horror. Los autores que se dedican a generar miedo vagan en lo desconocido, hacen que las emociones adquieran un cuerpo para proyectarse en lo tétrico.
No pude evitar sucumbir ante la tinta de Amparo Dávila, una escritora totalmente desconocida en mi entorno, en mis lecturas; con su narrativa nos muestra lo que no se ve y lo que no se dice de lo que es impreciso e inquietante. Describe personajes, sucesos y elementos comunes que se van volviendo extraños. Es el caso de Moisés y Gaspar, cuento donde nos narra la historia de Juan y Leónidas Kraus. Hermanos bastantes unidos y que la vida adulta los obliga a tomar caminos separados, pero la fatalidad de la muerte lo hará de una forma definitiva, por lo que uno de ellos queda a cargo de Moisés y Gaspar. Dos seres enigmáticos que aparecen, en medio de una situación completamente convencional y verosímil, como una herencia que no se puede rechazar o abandonar. Dichos personajes poco a poco irán destruyendo paulatinamente la vida de Juan, de una forma que su libertad se disolverá al igual que su personalidad y su identidad. El énfasis sobre la repentina muerte, aunque en ningún momento se habla de suicidio, cobra sentido cuando Leónidas dejó todas sus cosas arregladas antes de morir, una característica que tienen las personas que deciden quitarse la vida. Dávila demuestra que la muerte no sólo termina con una existencia particular, sino que también modifica la de todos aquellos con los que esa existencia tenía vínculos, sumergiéndonos en un mar de dudas y suposiciones que jamás serán respondidas o afirmadas. La coherencia que existe en la descripción que tiene Juan sobre el mundo se rompe con la interpretación de Moisés y Gaspar, acompañado con esa insistencia que hay en torno a la niebla hace pensar que percibe la realidad a través de una bruma que le impide ver con nitidez.
“El tren llegó cerca de las seis de la mañana de un día de noviembre húmedo y frío. Y casi no se veía a causa de la niebla (…) la niebla me penetraba hasta los huesos (…) Todo: escalera, pasillos, habitaciones, estaba invadido por la niebla. Mientras subía creí que iba llegando a la eternidad, a una eternidad de nieblas y silencio (…) los rostros se borraban entre la niebla y la lluvia” [Énfasis añadido.]
La niebla tiene ese contexto simbólico como lo indeterminado y el oscurecimiento. El origen de las extrañas acciones atribuidas a estos seres son parte de una mente trastornada, hace pensar que se tratan de animales; en ningún momento se conoce la identidad de dichos personajes para que se les adjudique sentimientos y pensamientos, características del ser humano y no de otras especies. El desenlace del cuento muestra el evidente destino de Juan que está por entrar a un mundo desconocido dominado por las sombras. Una herencia provocada por algo más fuerte que una hermandad, la incapacidad para controlar los fantasmas que han poseído sus mentes.
Amparo Dávila sabe cómo sembrar el suspenso para que pueda germinar la duda en cada uno de sus cuentos, genera esa sensación de no saber lo que sucede. Te lleva los pasos del misterio mediante sus letras, de la misma forma que lo logra con Alta cocina cuando alguien nos rememora un hecho del pasado, que dejó marca para siempre. Esos momentos que no se disuelven con nada, que siguen ahí en la mente para llenar de miedo al ser recordados. La preparación de un misterioso platillo, seres que son el elemento esencial del mismo, y como es costumbre en su narrativa nunca nos dice de lo que se trata. Un hecho traumático de la infancia que se califica como siniestro, y según Freud puede ser entendido como aquello que nos inspira terror. La confección del misterioso platillo aunado a los chillidos que escucha la voz narrativa funciona en el cuento como espeluznante. El trauma del protagonista se centra en un recuerdo que marca su presente, y provoca un sentimiento de impotencia e incluso angustia por salvar a esos seres indefensos a los cuales, desearía librar al saber que morirían en la olla hirviendo. Surge esa necesidad de resolver el misterio sobre la confección de tan enigmático platillo de alta cocina.
Otra de las características de la narrativa de esta autora es que no podemos escapar de nosotros mismos, Dávila cree firmemente en el destino, ese algo que nos atrapa, nos mueve. Este tipo de pensamiento se hace evidente con el pasar de las páginas, como en El entierro, un cuento donde el protagonista después de caer enfermo y pasar un tiempo en el hospital va a su casa a descansar. Recuerda su pasado y mientras lo hace se da cuenta que no ha tenido ninguna mejoría, por lo que acepta su inminente final; empieza a pensar en cómo sería su muerte: tener un bonito sepelio y un entierro modesto, sus conocidos caminaran junto con él por las calles rumbo al panteón.
En la mayoría de sus cuentos, los personajes femeninos toman mayor relevancia, obtienen con frecuencia el estatus de esposas, aunque también sufren por las imposiciones masculinas. Eso se recalca en El huésped, donde el marido impone. Una familia amenazada por el monstruo que ocupa el cuarto de la esquina, el que se pasea por los corredores. El peligro se cierne sobre ellos y el marido subestima los ruegos desesperados de su esposa para que se lo lleve, recalcando su autoridad. Me retorna a mi propia realidad con los reproches y reclamos que ha llegado hacer mi madre hacia mi padre: “Todo el día estás fuera y no sabes lo que sucede aquí, a ti te vale” y es verdad, sale todos los días sin tener conocimiento de lo que sucede en la casa hasta que llega por las noches. El huésped sirve como la vigilancia del marido distante y violento, con una mirada amarilla y penetrante que no se aparta aunque incomode; espía sin pausa para dominar por mandato e imposición. Aunque la pérdida del esposo amado, más allá de lo racional es igual de recurrente, y sucede en Griselda, con esa forma en que uno se enfrenta a la pérdida del ser amado. Por un lado está Martha y su madre; la primera perdiendo a su novio, pero la fuerza de su juventud ayuda a sobreponerse ante el dolor. La segunda, una mujer madura y ante el fallecimiento de su marido, parece estar también muerta pero en vida, se alejan de todo en un pequeño pueblo. El amor de Martha y su novio era inocente, Griselda en cambio, estaba en la flor de la juventud. Después de tantos años sigue recordando la belleza de su marido y la propia, representada en sus extraordinarios ojos, que aún en un retrato llegan a impresionar a Martha. Por ello, el acto cometido por Griselda tras la muerte de su cónyuge, es una renuncia total al placer que ya no se puede compartir con el amante fallecido. Si la muerte le arrebató la fuente de su placer, no tiene caso conservar la belleza.
Luego tenemos a doña Isabel, quien no vive la muerte de su esposo como una liberación u orfandad. La casa nueva, cuento donde otro personaje femenino tiene un mayor peso, ya que su protagonista pasa de ser una colaboradora en el negocio a encargada. Cambia el rol de género, tiene que cuidar de la empresa, de su casa y de sus hijos, especialmente de su hija enferma Alina, pero no deja de tomarse en cuenta a ella misma. Comienza a tomar decisiones, como el hecho de vender su residencia de Prado Sur y comprar una casa vieja, deteriorada y sombría, lo cual ayudaría a inyectarle capital a la compañía. Sin embargo, la casa nueva tiene algo que comienza a perturbar la calma de su hija Alina, y posteriormente en ella, quien asume que sólo se está sugestionando. Doña Isabel decide el rumbo que tomará su vida y no decae ni deja que su hija Alina se siga enfermando. Reconoce ante sus hijos que su papel de madre era asumir las circunstancias de la mejor manera, para que todos pudieran salir adelante. Logra trascender las circunstancias adversas y tomando la confianza suficiente para cambiar su realidad. La autora expone a esas personas fortalecidas, para quienes la soledad, la muerte o el miedo, ya no son obstáculos para continuar sus vidas.
Es importante enfatizar que la duda sobre la identidad de algunos personajes, es sembrada no por las acciones que ellos llevan a cabo, sino con las acciones que les atribuye el protagonista, quien funciona como filtro deformante; por ello, el lector debe tomar con reservas sus opiniones, pues además, éstas son variables e inconsistentes. La presencia de seres extraños, supuestos animales reales o imaginarios, y el fatídico papel que desempeñan en el destino de los personajes es un elemento recurrente; demuestra que de igual manera no se consigue huir de la muerte, uno está destinado a morir. Todas esas emociones, sensaciones en general funcionan como las proyecciones de los protagonistas, es decir, estos últimos ponen en ellos sus propios temores, esas maldades reprimidas que se transforman en obsesiones y delirios, que a pesar de que desean destruirlos, en la mayoría de los casos sus intentos son vanos. Por eso siempre buscan salidas alternas y luchan contra sus monstruos, tratando desesperadamente de liberar su conciencia.
Los cuentos de Dávila no son universos fantásticos inventados, sino una forma de diluir la personalidad e identidad de cada uno de sus personajes, de aquellos que se distancian de la realidad y se disuelven caóticamente frente a sus temores y obsesiones, lo cual nunca se desligan por completo del mundo real y cotidiano. Un horror que domina, del cual no sabemos, sólo buscamos la forma de asimilar, ¿Anunciamos el miedo o lo resolvemos? Sin duda, Amparo Dávila sabe cómo hacernos proyectar nuestros más soterrados monstruos y fantasmas que se encuentran en la profundidad de cada uno. Y tú... ¿A qué le tienes miedo?
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