El deportista

La alarma de tu celular suena. Te despiertas con un sobresalto, tus dedos tantean en la mesita que está a lado de la cama buscando al culpable del ruido. Basta con un fugaz desliz en la pantalla para acallar el sonido. Cierras los ojos, regresa la calma pero de nuevo se escucha el sonido. No te mueves mucho, tu mano se desliza otra vez por la pantalla. Silencio. Comienzas a sumergirte en el sueño hasta que se rompe por el mismo sonido de hace unos minutos. Fastidiado abres los ojos y silencias la alarma definitivamente. 6 a.m. El sol comienza a salir, los primeros rayos de luz entran por tu ventana: somnoliento haces a un lado las cobijas, te sientas un momento ausente y la mirada perdida en la nada; después de unos largos segundos, que podrían ser minutos, te levantas, buscas la ropa adecuada y cómoda que necesitas. Te pones unos leggins negros y una playera blanca sin mangas. Ajustas tus tennis azules, tomas tu maleta y pones algo de ropa limpia. Tomas tu celular, bajas a la cocina, rellenas tu termo de agua y sales hacia la mañana. Caminas por las calles, observas a las personas presurosas, adormilados que van hacia sus destinos. Tomas el autobús mientras por tus audífonos reproducen la música que te infunde ánimos.

Llegas al gimnasio, dejas tus cosas en un locker, sacas una pequeña toalla de tu maleta junto con tu termo. Decides hacer unos minutos en la caminadora, comienzas haciendo algo tranquilo pero poco a poco vas subiendo de intensidad. Correr lo más rápido que te permiten tus piernas mientras que las gotas de sudor comienzan a resbalar por tu rostro, revisas el reloj. Ya es suficiente, es momento de hacer la rutina que tanto te importa, inflar tus brazos, darles formas y dejar de tener esa flacidez que te incomoda. Quieres dejar de sentirte gordo, quieres realmente ser como lo que te dicen tus amigas: estar mamado. Es la motivación que funciona para que puedas levantar las pesas y no rendirte a la primera oportunidad. Tomas las más pequeñas, subes y bajas los brazos al son de la música que resuena en tus oídos; quieres probarte hasta llegar a tus límites. Sigues subiendo el peso, exhalas cada que tus brazos están arriba, tomas unos segundos y lo vuelves a hacer. Minutos después dejas caer las pesas, respiras hondo y bajas al suelo para hacer flexiones. Una, dos, tres… diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta… sigues repitiéndote en tu cabeza que eres capaz de terminar las repeticiones, tú puedes con todo. Noventa, cien. Es todo por el día, te sientes satisfecho por haber culminado con éxito tu rutina, hoy son los brazos mañana serán las piernas. Te dan escalofríos de pensar en el dolor del siguiente día pero estás dispuesto a tomar el reto. 

Las duchas están vacías, dejas que el agua te ayude a relajarte. Tus brazos comienzan a punzar, sabes que el verdadero dolor vendrá más tarde. Tratas de no demorarte mucho, quieres regresar a casa a comer algo antes de irte a tus clases de inglés. El camino de vuelta es monótono, apenas llegas del gimnasio picas algo de fruta que engulles con rapidez. Se te está haciendo tarde, tomas tu mochila y metes en ella el traste donde guardas un poco de arroz blanco y verdura. Sales y tomas el Metrobús para ir a la escuela, miras la hora de tu celular, lo sabes, vas a llegar después de las once de la mañana. El viaje comienza a darte algo de sueño, sin embargo no te duermes. Una estación, se abren las puertas, salen persona y otras entran. Sigue avanzando, tú sigues esperando no llegar tan tarde. Te vas acercando a tu destino, te acercas a las puertas mientras otras personas igualmente esperan bajar. Al abrirse las puertas, todas se apretujan y se avientan, te dejas guiar por los empujones hasta que logras respirar un poco de aire. Te acomodas bien tu mochila y caminas hacia la salida, te detiene una multitud que espera a que cambie el rojo del semáforo. Ves que algunos ignoran la señal y se cruzan evadiendo a los pocos autos que pasan. Llegas a tu salón de clases, tuviste que pasar por todo el campus hasta llegar al enorme edificio gris. Tu amiga ya está ahí, te ha guardado un asiento, un gesto que le agradeces. No llegaste tan tarde, el profesor apenas va entrando al salón. Comienza la clase de inglés, las dos horas pasan volando y cuando menos lo notas, ya vas de camino hacia el metrobus. Va lleno, en una de las paradas logras encontrar un asiento vacío. Tomas asiento, te ofreces para llevar las mochilas de los demás, ellos se niegan; es tu oportunidad para comer, sacas tú traste y una cuchara, les invitas a tus amigos, uno a uno agarra un poco sin interrumpir su charla. El reno, ese apodo que le queda a la perfección a uno de ellos, muestra tu intolerancia y homofobia. Se te hace absurdo todo lo que dice, las chicas tampoco están de acuerdo con nada de lo que sale de su boca. Te metes en la conversación, opinas que no tiene nada de malo ser gay, tus amigas argumentan que tienen amigos que son gays y los aceptan como son. Ellas empiezan a perder la paciencia, tú no le das importancia. Nunca te habías preguntado cómo es que son amigos, sabes que sólo lo tienes que tolerar unas cuantas horas al día. 

Es el final de la línea del Metrobús, se despiden, cada uno toma un camino separado para llegar a sus respectivas casas. En casa te espera trabajo con tu papá, o si no estás tan cansado, algo de ejercicio extra. No siempre te dejan tarea, sin embargo debes de repasar para los exámenes que se avecinan. Tienes que pasar de nivel de inglés, quieres la acreditación y para ello debes alcanzar cierto puntajes en cada evaluación. Te cuesta pagar el curso y tus padres no pretenden ayudarte, es por ello que te esfuerzas más. Así se convierte en una rutina diaria, ir al gimnasio: darle forma a tus piernas o a tus brazos, ir a clases de inglés y tratar de pasar cada mes, soportar los comentarios del Reno, regresar a casa y trabajar con tus padres. Quieres hacer algo más de provecho, se avecina la convocatoria para la universidad; llevas tres intentos y te preocupa no volverte a quedar. 

Repites nivel de inglés, te quedas por varios meses en intermedio hasta que logras pasar a avanzado. Las cosas han cambiado desde aquel día con tus amigos. El Reno se marchó, decidió hacer otras cosas que seguir estudiando un idioma. Ya no tienes contacto con él y A se atoró en avanzado. Lo repitió cinco veces, la mandaron a exámen de ubicación. Se rindió, pero aún así no dejó de ir a la escuela, compartió una clase contigo y con Y, el maestro no mostró interés alguno ni se enteró que no estaba en su lista. Con el pasar de las semanas, justo cuando lograste pasar a avanzado dos dejaste de saber de ella. No supiste que Y y A tuvieron un problema, se dejaron de hablar, se dejaron de ver y sólo te quedaste con Y. Supones que la vida así es, con cambios buenos o malos, pero el último rechazo para entrar a la universidad te dió un tremendo golpe. Te deprimiste, dejaste de ir al gimnasio y los kilos de más regresaron. La dieta dejó de importarte, la presión que ejercen tus padres te consume. Te sientes un inútil, te quieres dar por vencido con inglés; fallas en los niveles que debes repetirlo una y otra vez. Piensas que la mala suerte te persigue, no tienes ni una puta idea de que hacer hasta que lo conoces. No te importan los prejuicios, no te importa lo que piensen los demás y por primera vez, después de mucho tiempo, agradeces que no tengas en tu vida a un supuesto amigo como El Reno. Basta con Él, sólo él. Es cuando decides echarle huevos a la vida, a sobreponerte de nuevo, estar de nuevo mamado. Te hace sentir especial, sientes su cariño pero no puedes evitar sentir miedo. Tratas de no pensar en ello, tratas de disfrutar lo que tienes. Tomar su mano, disfrutar de días tan simples como ir a caminar, perderse por lugares que no conocías. Comer en sitios nuevos, ya no te comer cosas que no sean sanas. Sigues yendo al gym, a veces él te dice lo genial que te ves. Te motiva, sigues haciendo pesas, flexiones, sentadillas, abdominales. Rutina tras rutina, seguirás intentando entrar en la universidad hasta lograrlo. 

Lo miras, él te regresa la mirada. Darías la vida por tenerlo siempre, tú corazón se desboca cada que lo tienes cerca. Su respiración en tu cuello, su aliento recorriendo tu quijada hasta llegar a tus labios. Te roba un beso, no conforme con ello, y con confianza, lo tomas con fuerza para que no escape. Dejas que el beso se convierta en un baile, una explosividad de emociones, tu lengua y la de él se agitan mientras su mano busca la tuya para entrelazarse. Necesitas respirar, se separan, ves en sus ojos sorpresa y una sonrisa formándose. Sientes la felicidad consumir a la tristeza, es todo lo que necesitas para superar todo lo que se te presente. Estás tan pleno, sabes que no es momento de aceptar que estás enamorado, sólo quieres disfrutar todo lo que tienes con él. Pero de un día a otro, las cosas comienzan a cambiar. Notas su indiferencia, deja de responderte los mensajes o lo hace cada tiempo determinado, algo que no hacía antes. Apenas y lo ves, lo único que te dice es que está ocupado; tratas de entender lo que está pasando, tratas de no tener pero es inevitable. Le preguntas directamente qué sucede, quieres saber si tú eres el culpable. ¿Qué hiciste mal? Nada… tratas de convencerte de eso, sabes que tendrás que esperar a que las cosas se normalicen, darle tiempo y espacio. Navegas un rato por tus redes sociales, sigues tu rutina como antes, ir al gimnasio, trabajar con tus padres, estudiar un idioma. Te motiva que estás a nada de terminar el curso, ya casi logras la acreditación, ahora sólo te falta aprobar el examen de admisión a la universidad. Ya no quieres estar haciendo nada; deslizas tu pulgar por la pantalla táctil y de pronto ves una foto de un chico, a su lado está él. Sus palabras te queman, te arde el corazón al saber que su amor fue una farsa. Quieres llorar pero no lo harás, no. Tampoco tienes ganas de saber nada, en tu interior algo se rompió. Tienes un mensaje de A, una felicitación por tu cumpleaños y eso reduce el dolor que sientes. Te pasa su número telefónico, lo guardas pero no envías un mensaje. 

Lo extrañas, pero es mejor haber terminado lo que tenían, si es que hubo algo. Piensas que es mejor hablarlo con alguien, así que buscas entre tus contactos el nombre de A y le mandas un mensaje. Te responde de inmediato, te pregunta cómo estás; quieres responderle con la mentira de siempre bien pero no brota de tus dedos. Sigue haciendo preguntas, no sientes que sea chismosa y sólo dejas fluir la conversación. Le cuentas todo lo sucedido, expones tu corazón roto y sirve de alivio momentáneo. Te aconseja que le escribas todo lo que sientes a él, como si estuviera enfrente de ti. Le agradeces, ella te dice que si necesitas algo ahí estará, la dejas en visto. Le haces caso, comienzas a escribir, se vierte todo el amor que aún te queda en el cuerpo en un hoja de papel. Te sigues esforzando en el gimnasio, no quieres seguir deprimido, cada gota de sudor que resbala hasta caer al suelo es cada gramo de olvido hacia él. El corazón es un músculo y tú no dejarás que se seque.

Escribir

¿Qué escribo?

Por la mente me transcurre una infinidad de libros, aquellos que me llenaron de vida y me sirvieron como inspiración para desear ser escrit...