¿A qué le tienes miedo?

El ser humano es un misterio, y lo misterioso radica en existir. Es parte de lo común, de lo corriente; la angustia, la soledad, el temor abruman a las personas que acaban convirtiéndose en personajes inquietantes. El miedo ayuda a regular los pasos que se deben dar, que tan grandes deben ser en cada momento para sobrevivir. El miedo es un mecanismo que ayuda adaptarse al entorno. Al adentrarse en la tinta de lo fantástico se encuentra con inquietudes que están impregnadas de terror y horror. Los autores que se dedican a generar miedo vagan en lo desconocido, hacen que las emociones adquieran un cuerpo para proyectarse en lo tétrico. 

No pude evitar sucumbir ante la tinta de Amparo Dávila, una escritora totalmente desconocida en mi entorno, en mis lecturas; con su narrativa nos muestra lo que no se ve y lo que no se dice de lo que es impreciso e inquietante. Describe personajes, sucesos y elementos comunes que se van volviendo extraños. Es el caso de Moisés y Gaspar, cuento donde nos narra la historia de Juan y Leónidas Kraus. Hermanos bastantes unidos y que la vida adulta los obliga a tomar caminos separados, pero la fatalidad de la muerte lo hará de una forma definitiva, por lo que uno de ellos queda a cargo de Moisés y Gaspar. Dos seres enigmáticos que aparecen, en medio de una situación completamente convencional y verosímil, como una herencia que no se puede rechazar o abandonar. Dichos personajes poco a poco irán destruyendo paulatinamente la vida de Juan, de una forma que su libertad se disolverá al igual que su personalidad y su identidad. El énfasis sobre la repentina muerte, aunque en ningún momento se habla de suicidio, cobra sentido cuando Leónidas dejó todas sus cosas arregladas antes de morir, una característica que tienen las personas que deciden quitarse la vida. Dávila demuestra que la muerte no sólo termina con una existencia particular, sino que también modifica la de todos aquellos con los que esa existencia tenía vínculos, sumergiéndonos en un mar de dudas y suposiciones que jamás serán respondidas o afirmadas. La coherencia que existe en la descripción que tiene Juan sobre el mundo se rompe con la interpretación de Moisés y Gaspar, acompañado con esa insistencia que hay en torno a la niebla hace pensar que percibe la realidad a través de una bruma que le impide ver con nitidez. 

“El tren llegó cerca de las seis de la mañana de un día de noviembre húmedo y frío. Y casi no se veía a causa de la niebla (…) la niebla me penetraba hasta los huesos (…) Todo: escalera, pasillos, habitaciones, estaba invadido por la niebla. Mientras subía creí que iba llegando a la eternidad, a una eternidad de nieblas y silencio (…) los rostros se borraban entre la niebla y la lluvia” [Énfasis añadido.]

La niebla tiene ese contexto simbólico como lo indeterminado y el oscurecimiento. El origen de las extrañas acciones atribuidas a estos seres son parte de una mente trastornada, hace pensar que se tratan de animales; en ningún momento se conoce la identidad de dichos personajes para que se les adjudique sentimientos y pensamientos, características del ser humano y no de otras especies. El desenlace del cuento muestra el evidente destino de Juan que está por entrar a un mundo desconocido dominado por las sombras. Una herencia provocada por algo más fuerte que una hermandad, la incapacidad para controlar los fantasmas que han poseído sus mentes. 

Amparo Dávila sabe cómo sembrar el suspenso para que pueda germinar la duda en cada uno de sus cuentos, genera esa sensación de no saber lo que sucede. Te lleva los pasos del misterio mediante sus letras, de la misma forma que lo logra con Alta cocina cuando alguien nos rememora un hecho del pasado, que dejó marca para siempre. Esos momentos que no se disuelven con nada, que siguen ahí en la mente para llenar de miedo al ser recordados. La preparación de un misterioso platillo, seres que son el elemento esencial del mismo, y como es costumbre en su narrativa nunca nos dice de lo que se trata. Un hecho traumático de la infancia que se califica como siniestro, y según Freud puede ser entendido como aquello que nos inspira terror. La confección del misterioso platillo aunado a los chillidos que escucha la voz narrativa funciona en el cuento como espeluznante. El trauma del protagonista se centra en un recuerdo que marca su presente, y provoca un sentimiento de impotencia e incluso angustia por salvar a esos seres indefensos a los cuales, desearía librar al saber que morirían en la olla hirviendo. Surge esa necesidad de resolver el misterio sobre la confección de tan enigmático platillo de alta cocina. 

Otra de las características de la narrativa de esta autora es que no podemos escapar de nosotros mismos, Dávila cree firmemente en el destino, ese algo que nos atrapa, nos mueve. Este tipo de pensamiento se hace evidente con el pasar de las páginas, como en El entierro, un cuento donde el protagonista después de caer enfermo y pasar un tiempo en el hospital va a su casa a descansar. Recuerda su pasado y mientras lo hace se da cuenta que no ha tenido ninguna mejoría, por lo que acepta su inminente final; empieza a pensar en cómo sería su muerte: tener un bonito sepelio y un entierro modesto, sus conocidos caminaran junto con él por las calles rumbo al panteón. 

En la mayoría de sus cuentos, los personajes femeninos toman mayor relevancia, obtienen con frecuencia el estatus de esposas, aunque también sufren por las imposiciones masculinas. Eso se recalca en El huésped, donde el marido impone. Una familia amenazada por el monstruo que ocupa el cuarto de la esquina, el que se pasea por los corredores. El peligro se cierne sobre ellos y el marido subestima los ruegos desesperados de su esposa para que se lo lleve, recalcando su autoridad. Me retorna a mi propia realidad con los reproches y reclamos que ha llegado hacer mi madre hacia mi padre: “Todo el día estás fuera y no sabes lo que sucede aquí, a ti te vale” y es verdad, sale todos los días sin tener conocimiento de lo que sucede en la casa hasta que llega por las noches. El huésped sirve como la vigilancia del marido distante y violento, con una mirada amarilla y penetrante que no se aparta aunque incomode; espía sin pausa para dominar por mandato e imposición. Aunque la pérdida del esposo amado, más allá de lo racional es igual de recurrente, y sucede en Griselda, con esa forma en que uno se enfrenta a la pérdida del ser amado. Por un lado está Martha y su madre; la primera perdiendo a su novio, pero la fuerza de su juventud ayuda a sobreponerse ante el dolor. La segunda, una mujer madura y ante el fallecimiento de su marido, parece estar también muerta pero en vida, se alejan de todo en un pequeño pueblo. El amor de Martha y su novio era inocente, Griselda en cambio, estaba en la flor de la juventud. Después de tantos años sigue recordando la belleza de su marido y la propia, representada en sus extraordinarios ojos, que aún en un retrato llegan a impresionar a Martha. Por ello, el acto cometido por Griselda tras la muerte de su cónyuge, es una renuncia total al placer que ya no se puede compartir con el amante fallecido. Si la muerte le arrebató la fuente de su placer, no tiene caso conservar la belleza. 

Luego tenemos a doña Isabel, quien no vive la muerte de su esposo como una liberación u orfandad. La casa nueva, cuento donde otro personaje femenino tiene un mayor peso, ya que su protagonista pasa de ser una colaboradora en el negocio a encargada. Cambia el rol de género, tiene que cuidar de la empresa, de su casa y de sus hijos, especialmente de su hija enferma Alina, pero no deja de tomarse en cuenta a ella misma. Comienza a tomar decisiones, como el hecho de vender su residencia de Prado Sur y comprar una casa vieja, deteriorada y sombría, lo cual ayudaría a inyectarle capital a la compañía. Sin embargo, la casa nueva tiene algo que comienza a perturbar la calma de su hija Alina, y posteriormente en ella, quien asume que sólo se está sugestionando. Doña Isabel decide el rumbo que tomará su vida y no decae ni deja que su hija Alina se siga enfermando. Reconoce ante sus hijos que su papel de madre era asumir las circunstancias de la mejor manera, para que todos pudieran salir adelante. Logra trascender las circunstancias adversas y tomando la confianza suficiente para cambiar su realidad. La autora expone a esas personas fortalecidas, para quienes la soledad, la muerte o el miedo, ya no son obstáculos para continuar sus vidas. 

Es importante enfatizar que la duda sobre la identidad de algunos personajes, es sembrada no por las acciones que ellos llevan a cabo, sino con las acciones que les atribuye el protagonista, quien funciona como filtro deformante; por ello, el lector debe tomar con reservas sus opiniones, pues además, éstas son variables e inconsistentes. La presencia de seres extraños, supuestos animales reales o imaginarios, y el fatídico papel que desempeñan en el destino de los personajes es un elemento recurrente; demuestra que de igual manera no se consigue huir de la muerte, uno está destinado a morir. Todas esas emociones, sensaciones en general funcionan como las proyecciones de los protagonistas, es decir, estos últimos ponen en ellos sus propios temores, esas maldades reprimidas que se transforman en obsesiones y delirios, que a pesar de que desean destruirlos, en la mayoría de los casos sus intentos son vanos. Por eso siempre buscan salidas alternas y luchan contra sus monstruos, tratando desesperadamente de liberar su conciencia.

Los cuentos de Dávila no son universos fantásticos inventados, sino una forma de diluir la personalidad e identidad de cada uno de sus personajes, de aquellos que se distancian de la realidad y se disuelven caóticamente frente a sus temores y obsesiones, lo cual nunca se desligan por completo del mundo real y cotidiano. Un horror que domina, del cual no sabemos, sólo buscamos la forma de asimilar, ¿Anunciamos el miedo o lo resolvemos? Sin duda, Amparo Dávila sabe cómo hacernos proyectar nuestros más soterrados monstruos y fantasmas que se encuentran en la profundidad de cada uno. Y tú... ¿A qué le tienes miedo?

Globos

Floto con el globo que he atado a mí. Encojo mis pies para que no toquen el suelo. Me voy alejando hacia lo alto mientras todo se va haciendo una miniatura. En algún momento el globo me lleva por mi infancia hasta que va perdiendo gas, va perdiendo altitud y caigo. Una vez más en la tierra, con esfuerzo busco otro globo para sostenerme; recuerdos que son pocos los que me gustaría revivir y otros olvidarlos. A veces pienso que la memoria es un cúmulo de globos, los cuales se van llenando de ilusiones, sueños que te permiten volar, pero también hay otros que flotan en un sólo lugar causando demasiado dolor. De alguna forma nos atamos a todos esos, me he atado a ellos cuando sé que en algún punto explotará y caeré. No quiero que pase eso, me sostengo de cuantos globos vea que están suspendidos en el aire. Voy flotando por cada recuerdo, como aquel en la que mi familia tuvo una fuerte discusión. Vivo en casa de mis abuelos, y es complicado no tener un espacio para mí, en donde pueda pensar. Si quiero llorar, todos en la casa lo sabrían, haciendo preguntas y darme algo de lastima, no apoyo como lo que he necesitado. Suelo ser alguien que guardo la mayor parte de mis sentimientos, me es más fácil encapsular mis emociones. Ese recuerdo es un globo diferente al resto, está estático no se mueve ni se moverá por un tiempo. No sólo vivía con mis padres sino compartía techo con mis tías, la privacidad no existía. Usualmente siempre me ayudaron en hacer la tarea, o terminaban por hacerla ellas mientras que yo podía ir a ver televisión, es evidente que a mi madre no le agradaba en absoluto. Mi padre trabajaba todo el día, y lo menos que quería hacer apenas llegando a casa era escuchar quejas, así que la mayor parte del tiempo no se enteraba de lo que ocurría.

Mi mamá hacía lo que podía, no es fácil educar niños y en ocasiones perdía la paciencia, gritaba y yo recibía regaños, era cuando mis tías intervenían, metían su cuchara en algo que no les correspondía. Parece que escucho los gritos, los malos argumentos, las palabras hirientes; esas peleas que no me gustaban, y ahora que he crecido menos. Siguen inflando a esos globos desinflados que están en mi ser, sólo para flotar y no moverse, para atarse a mi e irse conmigo a todos lados. Ojalá estos explotaran, es probable que así duelan menos aunque dependería de la caída con los otros. Prefiero flotar, prefiero volar y que todo sea miniatura.

La magia prevalece

En viaje en tren de Manchester a Londres nació una idea que vendría a cambiar la vida de muchos. 1995, un manuscrito estaba siendo revisado por diversos agentes, hasta que uno de ellos, perteneciente a la editorial Bloomsbury Publishing aceptó el riesgo. Harry Potter y la piedra filosofal estaba siendo publicado el 30 de junio de 1997… donde su historia comenzó a hechizar a cada niño, joven y adulto. J.K Rowling dejó de ser anónima para convertirse en una escritora que nadie es capaz de olvidar su nombre. Más de una década conociendo esta historia, generación tras generación viviendo cada aventura, aprendiendo cada encantamiento, conociendo cada criatura… Tenía justo once año cuando escuché hablar de esta saga, ese momento en que Warner Bross compró los derechos de autor para convertir los libros en adaptaciones cinematográficas. Los libros eran un mundo ajeno al mío, aburrimiento la palabra para describirlos, nada fantástico que me dieran ganas de conocer, más que ver la película. Me maravilló los efectos especiales de aquellos tiempos. Al término, quedé fascinada que tomé el libro y me sumergí en la tinta de Rowling.


Noche de Halloween, un 31 de octubre de 1981. Lord Voldemort acudía al Valle de Godric para asesinar al matrimonio Potter e intentar acabar con la vida del pequeño Harry, utilizando la maldición asesina, la que terminaría volviéndose contra sí mismo. Su cuerpo destruido, mientras que al pequeño sólo con una cicatriz con forma de rayo en la frente. Siendo el único superviviente de dicha maldición y el único que derrotó al mago oscuro convirtiéndose en «el niño que vivió». Diez años después, siendo huérfano, queda a cargo de sus tíos, los mismo que intentan esconder esa herencia mágica, sin embargo, no lo logran ya que Harry recibe cartas del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, las que son entregadas por lechuzas, aunque su tío Vernon impide que pueda leerlas. Al no recibir respuesta, Hagrid decide buscarlo para decirle que existe un mundo mágico y ha sido invitado a asistir al colegio.

A partir de ese momento comienza la historia. Surge un amor al género de lo fantástico, a la magia, a lo interesante que resulta este tipo de narrativa, nace un universo. Soy parte de la primera generación, mi carta llegó en el momento en que decidí leer el primer libro. Crecí con Harry, Ron y Hermione. Me identifiqué con la casa a la que pertenezco ahora, soy un digno Gryffindor aunque con ciertas tendencias Slytherin. Esperé con ansias la publicación de los siguientes libros, devoraba con avidez cada capítulo, mi imaginación estaba en completa actividad. No fue fácil esperar el último libro de la saga, pero siendo una lectora compulsiva necesitaba saber el final, necesitaba saber si Harry sería capaz de vencer al temible Lord Voldemort. Desde que comencé a nadar en las páginas de este universo, la vena de escritora latía con ferocidad… surgía una necesidad de escribir los posibles finales. Llanto, enojo, frustración; quería respuestas. Quería preguntarle a la autora por que había asesinado a Remus Lupin, uno de mis personajes favoritos, por qué era necesario todo el dolor. Ahora lo comprendo. En mi mayoría de edad fui al cine a ver, lo que sería y pensaba, la última película. Es algo que hasta la fecha no he sido capaz de olvidar, un recuerdo que es parte de mí ser para convocar a un patronus… Despedirme del trío de oro no fue nada fácil. Deje atrás mi niñez para hacerme adulta, tomar responsabilidades, llenar expectativas de otros. Al creer que vagaría en un camino tan banal y monótono, Rowling nos dió una gran noticia: La magia no se terminaba. 

2016. Se estrenaba Animales Fantásticos y dónde encontrarlos. Un año donde Warner nos fue dando pistas y vistazos de lo que veríamos. Una historia que databa antes del nacimiento de Harry Potter, incluso del mismo Voldemort. Tendríamos la oportunidad de conocer la vida del famoso zoomago Newt Scamander, autor del libro que da título a esta nueva franquicia. Porque sí, J.K Rowling anunciaba que serían cinco películas, las cuales, ella misma se encargaría de escribir el guión. Nadie de los fanáticos sabía que esperar, las expectativas iban en aumento con cada detalle que surgía. Incertidumbre se respiraba en el fandom, no había libro de por medio en que pudiéramos basarnos, sólo habían conspiraciones y teorías; pero la sorpresa vino en el final del filme, tuvimos la oportunidad de ver escasos segundos el rostro de Gellert Grindelwald. El mago más temible y oscuro, es mismo que actuaba por el bien de todos, el que buscaba las reliquias de la muerte, el mejor amigo, y quizás, el amante de Albus Dumbledore. 

A partir de ese momento la controversia fue creciendo con el pasar del tiempo y la información que iba saliendo a la luz. Un posible sabotaje para la siguiente entrega por parte de algunos fans, J.K Rowling y el mismo director, David Yates salieron a pedir calma, pidieron confianza en ellos por lo que estaban haciendo y por las decisiones tomadas. El fandom se fue volviendo tóxico con tanta crítica sin darle oportunidad a la historia, a los actores, a nadie… otros fieles, se mantuvieron demostrando lealtad y amor a la saga. 16 de noviembre del 2018, dos años después de la primera película. Las expectativas han sido superadas con creces. Es impresionante la manera en que la autora logra rescatar el floklore de culturas ajenas a la suya, o a la nuestra tal es el ejemplo como la occidental; donde rescata parte de la mitología hinduista al usar los nagas. Seres o semidioses inferiores con forma de serpiente. Una de las primeras sorpresas al ver los primeros avances, la mención de Nagini. Aquella enorme serpiente que acompañó fielmente a Lord Voldemort, que fue convertida en un horrocrux y luego eliminada con la espada de Godric Gryffindor por Neville Longbottom. Resultó ser una maledictus, es decir, una humana con una maldición sanguínea que terminaría convirtiéndole en una serpiente gigante. La incertidumbre seguía latiendo… llamaba la atención lo que se traían Gellert y Albus. Sin duda era algo más que hermanos, una relación tan estrecha, que no eran capaces de enfrentarse, aunque sí una vulnerabilidad. De cierta manera, el amor puede ser una fortaleza pero también una debilidad, y esto fue demostrado a lo largo de la película. El amor, quizás obsesión que tiene Queenie hacia Jacob, el deseo de formar una familia la hace caer en desesperación, aprovechado por el mago tenebroso, orillando a tomar un decisión importante, que nadie se esperaba. Una salida fácil para los problemas que sufría, a una forma siendo hasta manipulada y usada por ello. Gellert Grindelwald es sin duda, un personaje elocuente, sabe hechizar con las palabras, persuasivo y hasta manipulador. Probablemente yo le estaría entregando mi lealtad eterna con tal de purificar el mundo. Es poderoso, hábil, es muy pronto para decir cuál será el error que cometa para ser derrotado en un futuro. Conocer a un Albus joven es exquisito, sabemos su forma de actuar es hacer que alguien más haga el trabajo sucio por él, y no lo hace manipulando ni siquiera se acerca a la persuasión, es sólo que sabe conocer a las persona para darle el empujón que necesitan, porque es verdad, todos tenemos un destino que cumplir. Quizás la familia Dumbledore tiene muchos más secretos de lo que pensábamos. 

Nuestro corazón se paralizó brevemente al escuchar el apellido Lestrange, sí, el mismo que lleva Bellatrix, aunque haciendo memoria sabemos que de soltera es Black pero para mantener el linaje se casó con Rodolphus. Leta Lestrange, un personaje típico Slytherin, con esos matices grises oscuros, otros claros. Un arrepentimiento que la ha ido consumiendo con lentitud aunque al final hace algo inesperado. Rosier… si, la mano derecha que tiene Gellert Grindelwald, otro apellido que sabemos formó parte de los mortifagos. Es inevitable comparar la relación que tiene esta bruja con la que tenía en su momento, Bellatrix con Voldemort. Una lealtad en extremo, quizás riesgosa, un arma de doble filo. No puedo dejar de mencionar tampoco a Nicolas Flamel, el alquimista famoso por tener la piedra filosofal, si, la misma que muchos años después defendió Harry con ayuda de sus amigos, de las manos del profesor Quirrell. Sin duda, un mago totalmente poderoso, quizás las alianzas que empieza a formar Albus Dumbledore da un parte aguas para la Orden del Fénix. Newt, con ese carisma Hufflepuff nos refleja su temor de muchos de nosotros: terminar encerrado en una oficina. No deja de sorprendernos, no deja de demostrar el amor que le tiene a las criaturas, en demostrar que lo desconocido no tiene por que ser malo. Nos han dado un poco de cómo será la relación que tendrá con Tina. El spoiler más grande que nos hizo la autora desde hace mucho es que Newt y ella terminan juntos, felizmente criando criaturas. En un futuro veremos el verdadero poder que tiene Tina como aurora, sus habilidades, en especial ahora que varios ya han elegido un bando. Sigue la incertidumbre de qué le pasará a Jacob, ha perdido más que otros, al igual que Theseus… La gran revelación, Creedence. Ha ido tomando demasiada importancia que las teoría de cual es su verdadero origen ha vuelto locos a muchos de nosotros… es posible que si, tenga que ver con cierto personaje. Veremos grandes duelos, hechizos, magia, poder de cada uno de los personajes, sólo deberemos tener paciencia. 

La mejor decisión que pudo tomar Rowling, fue haber tomado la rienda de su historia, el tener el control absoluto del guión, cambiar a su antojo la trama, mover los hilos para llevarnos a la locura. Cada detalle está pensado, es ilógico argumentar que esta llena de subtramas en subtramas porque así debe ser… un escritor no crea personajes, crea personas. Es por ello que tiene que conocer toda la historia de cada uno, lo que le gusta, lo que no, el por qué actúa así, sus miedos, sus virtudes… todo. Se puede sentir pesado en algún punto de la trama, pero la autora lo hace muy bien, ha sabido manejar la información de una forma que genera más intriga. Todo lo tiene fríamente calculado, una buena historia no importa la anécdota sino el hacernos sentir parte de la vida misma de cada personaje. La manera en que maneja a cada uno, en que les da voz permite que seamos parte de la aventura como si fuera nuestra.

Una montaña rusa de emociones, acción, drama, amor, diversión, traición y claro, momentos en el que te envuelve la nostalgia. La piel se enchina al ver, una vez más, el castillo de Hogwarts mientras se escucha el irreconocible “Hedwig´s theme.”Animales Fantásticos: los crímenes de Grindelwald no es una historia de relleno, hay que saber distinguir que aunque pertenezcan al mismo universo, Harry Potter ha culminado, sin embargo, eso no quiere decir que no haya un sin fin de conexiones. Quedaron cabos sueltos, los cuales están siendo atados poco a poco. Dios esta en todos lados, y el diablo en los detalles… y J.K Rowling se ha dejado poseer por la letras, nada, absolutamente nada está al azar. Si eres nuevo en esto, atrévete a conocer su tinta, a leerla y darte la oportunidad de conocer una maravillosa historia, si ya sabes de qué va la cosa… déjate sorprender, no desconfíes de alguien que tiene talento. Y si no eres ninguno de los dos, pero sólo pretendes dar seudo críticas, entonces amigo, ponte a leer. Porque para decir que una historia increíblemente bien estructurada y personajes bien construidos, que si bien, tiene un poco de incongruencias, estoy segura que más adelante será justificado, entonces eso quiere decir no has leído nada en tu vida. Como bien diría Ernesto Sábato en su obra El túnel“Entonces usted no entendió nada.”







La nota

La estación del metro está solitaria a excepción de un joven. No tardará demasiado en que la tranquilidad se rompa por el ajetreo de las personas que quieren salir o entrar al tren para ir a sus respectivos destinos. La banca que se encuentra en medio de toda la estación está ocupada por un chico. Su mano se desliza en diversas ocasiones sobre una hoja de papel. Escribe. Se detiene unos minutos al pensar la siguiente frase. Nada convencido la tacha. No le gusta como va quedando así que hace bola el papel y la avienta con frustración en su mochila. Observa con detenimiento su libreta y la hoja en blanco que tiene enfrente. Deja deslizar la pluma una vez más. No se inmuta ante el pitido estridente que se oye en lugar, el tren anuncia su llegada. Las puertas se abren para dejar pasar a los pasajeros. Una que otra persona entra a la estación corriendo para subir al tren. Se cierran las puertas, el que llegó, llegó. Avanza y se pierde entre la profundidad del túnel. La muchedumbre dejó a un anciano. Algo perdido decide tomar asiento al lado del joven. Trata de decirle algo pero decide no hacerlo. Observa el túnel mientras que el rasgueo de la pluma es lo único que puede oír.

—Disculpe joven —el chico no prestó atención, sus oídos estaban inundados por la música que transmitían sus enormes audífonos, y su concentración estaba por completo, puesta en la hoja de papel —Joven —volvió a repetir sin recibir la respuesta que necesitaba —Muchacho —tocó su hombro captando su atención

—¿Sí?

—¿Sabe cuánto tiempo tarda en llegar el siguiente tren?

—Unos diez minutos tal vez, no sé —respondió fastidiado por la interrupción

—Gracias. La verdad es que no me sé mover por aquí, y quedé en ver a mi hija… y no quiero llegar tarde

—Chido… —respondió el chico con indiferencia. Estaba a punto de volverse a poner sus audífonos, no tenía intenciones de escuchar nada más que no fuera su banda favorita

—¿Qué tanto escribes, muchacho?

—Algo...

—De seguro apenas estás haciendo la tarea 

—No señor, sólo es… algo —no tenía por qué decirle lo que estaba haciendo

—¿Algo? ¿De qué?

—No quiero ser grosero, pero no le incumbe —su tono de voz estaba siendo cada vez más grosero 

—Tienes razón, pero igual puedo ayudarte. Mis años me han dado experiencia

—Es una nota —pensó que al decirle podrían dejarlo en paz con sus predicamentos. Tenía mucho en qué pensar

—Recuerdo cuando me enamoré. Tenía más o menos la misma edad que tú cuando me dí cuenta que amaba a alguien —no podía estar pasándola esto. No tenía intenciones de escuchar, lo que probablemente sería una historia aburrida, aunque tampoco pretendía ser mal educado, así que fingió prestar atención —Y eso porque vi salir a esa chica con otro; me moría de celos, quería darle un buen puñetazo en la cara a aquel tipo, aunque siempre mi madre me decía que tuviera paciencia, que ya llegaría mi oportunidad, o alguien que me correspondiera. Al principio no pasó como yo esperaba, sufrí pero no me dí por vencido. Ya sabes, muchacho.

—No… no sé 

—Darle detalles y esas cosas que de pronto le gustan a las mujeres. 

—¿Cómo qué?

—Flores. Los girasoles eran sus favoritos; uno diario, cada día sin falta junto con poemas que le escribía. 

—La poesía no es fácil de escribir 

—Acepto que no pero le gustaba lo que yo le escribía... o eso decía. Y ¿Qué tenemos hoy?

—Ni idea

—Ya no se dan cartas para enamorarse, ustedes los jóvenes lo consideran algo muy anticuado a lo que están acostumbrados… ahora sólo mandan mensajes en esos aparatejos. Ya no existen los poemas para conquistarse, ahora se mandan mails…

—¿Mails? ¿En qué época cree que vivimos? Ya nadie manda mails, basta con un simple whats

—¿El was?

—¿Es neta? ¡Whatsapp!

—Ah, esa cosa. Sí… ya sé cual, aunque sigue sin gustarme

—Como sea… —en serio estaba considerando irse de ahí

—Sus aparatejos. Ya nadie entrega chocolates y las flores no se ven ¿Dónde ha quedado aquel romance? 

—Mire… en verdad, agradezco sus consejos pero… —al anciano no le importó la interrupción  

—No me incumbe. De seguro esta chica es afortunada por tenerte, le vas a dar un buen detalle al escribirle una ¿Nota de amor?

—No… no es mi novia —se apresuró a aclarar —¿Cómo sabe que no es una nota cualquiera?

—La experiencia, muchacho

—Ajá…

—Tienes cara de enamorado. 

—Claro que no —trató de no parecer obvio pero sintió como sus mejillas se teñían de rojo

—Tus ojos brillaron cuando mencioné a esa misteriosa chica

—Si usted lo dice… —su cara ardía. Trató de disimular

—Entonces no es tu novia —afirmó el anciano sin dejarlo de observar

—No —soltó el monosílabo con un suspiro.

—¿Ves cómo sí es una nota de amor?

—¡Bien! sí, eso es

—¿Y qué esperas para que lo sea?

—Yo… —sus rostro volvió a sentirlo caliente —no estoy seguro de que yo le guste. Quizás es mejor que seamos amigos —se estaba convenciendo de que era lo mejor 

—¿Para qué escribes la nota? ¿No se la ibas a dar?

—Usted lo ha dicho… iba a dársela, pero pensándolo bien, mejor no se la doy. 

—¿La amas?

—Por supuesto

—¿Entonces? 

—Es que… —no sabía cómo explicar sus problemas amorosos —es mi mejor amiga, y no creo que yo le guste…

—Yo también me enamoré de mi mejor amiga, muchacho ¿Y sabes qué? 

—¿Qué?

—Declararmele fue la mejor decisión que he tomado en la vida —suspiró con nostalgia —Ahora... conquista a esa joven. Dale flores, escribele cartas, sé como uno de la vieja escuela.

—¿Y si no funciona?

—Lo sigues intentando, al final siempre logras encontrar el verdadero amor 

—No sé, tengo miedo 

—Inténtalo, no pierdes nada

El anciano se levantó de la banca dejando sólo al chico. Él se queda pensativo, decide arriesgarse, por lo que termina de escribir la nota. Mientras lo hace se escucha un pitido, revisa su reloj para ver cuántos minutos le queda. Otro tren en dirección contraria a donde se encuentra él llega, se abren las puertas y salen personas. Alza la cabeza y logra distinguir a su amiga entre el gentío, tacha unas cuantas frases más y anota otras. Se levanta con la nota en su mano, listo y dispuesto a entregarla. 

—Buena suerte, muchacho —susurró el anciano con una sonrisa 

Otro tren llegó. Las puertas se abren, el señor se hace a un lado para dejar salir a las personas pero no sube, decide quedarse a observar al joven, quien trata de llamar la atención de su amiga que se encuentra al otro lado del andén. Con cierta desesperación, alza la nota para que pudiera verla pero una corriente de aire se la arranca de la mano. Tratando de recuperarla comienza a correr detrás del papel, choca con algunas personas que se encuentran esperando. Pero su mala suerte hizo que la nota se cayera a las vías, pensando en si bajar por ella o no, cuando otro tren hizo su parada llevándose entre las llantas, la hoja. Se quedó mirando el lugar en donde se perdieron sus palabras, sólo una voz conocida para él lo sacó de su ensimismamiento

—¿Qué tanto hacías?

—¡Astrid! —exclamó al notar la presencia de su amiga —Pensé que estabas del otro lado 

—Sí, lo estaba pero cómo no ibas… —respondió sin importancia —mejor dí la vuelta. Y luego te ví que andabas haciendo el ridículo corriendo por todos lados —sonrió 

—Es que… era una nota que se me voló —repuso con frustración 

—¿Una nota? ¿De qué?

—Pues… una nota —quizás por algo se le había volado. A lo mejor no era buena idea 

—Dime, ¿De qué era la nota? —la voz del anciano resonó en su mente. Debía arriesgarse 

—Yo… este… mira… era… —nunca en su vida había tartamudeado 

—¿Qué? —ella cruzó los brazos esperando la respuesta de su amigo

—Yo… quería… preguntarte si…

—¿Qué te pasa?

—Mira… yo...

—A ver, Hipo. Relájate y háblame bien —lo tomó por los hombros para tratar que se relajara 

—Quería saber si… no sé si quieras… —comenzaba a ponerse muy nervioso, pasando su mano por su cabello 

—Quiero, ¿Qué?

—Si… si… —tomó aire mucho más valor de lo que sentía tener. Iba al todo o nada —¿Quieres ser mi novia? 

—¿Yo? —era una pregunta que no se esperaba —¿Me estás preguntando a mí? 

—Si, la neta me gustas mucho —respondió con un suspiro —Quiero que seas mi novia

—¡Que buen chiste! —pero al ver el semblante de Hipo creyó que hablaba muy en serio —Es broma, ¿Verdad? 

— Eh… No, no es un chiste

—No te creo, nada más te gusta jugar conmigo 

—Te juro que no… ¿Qué dices? ¿Serías mi novia?

—Yo… —Astrid guardó silencio sin saber qué responder

—Sé que es precipitado pero...

—Hipo...

—En serio me gustaría que anduvieras conmigo, yo te quiero

—Hipo… 

—Y he estado pensando las cosas

—Hipo… —tomó su rostro entre sus manos para llamar su atención. Tenía que decirle —sabes lo importante que eres para mí

—Sí, lo sé. —se perdió entre sus ojos. Su corazón comenzó a acelerarse por la cercanía de ella. ¿Lo iba a besar? —¿Qué dices? —susurró casi sin aliento 

—Te quiero, pero...

—¿Hay un pero?

—Ya… ya tengo novio, Hipo —respondió apenada. Hipo notó como sus mejillas tomaron un color rojizo 

—¡¿Qué?! —él podía sentir esa sensación de frialdad en su estómago —¡¿Cómo?!.. —su mente trataba de encontrarle sentido a la situación —Perdón, nunca supe que salías con alguien. No me dijiste nada. 

—Siento no habertelo contado, pero sólo pasó. 

—¿Con quién… estás? —esas palabras salieron solas de su boca 

—Con Diego

—Cool… —no sabía qué decir más, quería irse de ahí. Estar solo.

—Pensaba decírtelo. Eres mi mejor amigo y...

—Me da... gusto por ti, en verdad —sus ojos se habían llenado de agua pero no iba a llorar ahí, no. No lo haría.

—¿Lo estás?

—Sí, sí… Los he visto juntos un par de veces y se ven… bien 

—¿En serio?

—Sin duda, hacen una bonita pareja… y ¿Cómo fue? —su voz se escuchaba lejana, trataba de ocultar el dolor que le estaba quemando 

—No tenemos por qué hablar de esto

—No pasa nada, en verdad me alegra que estén juntos 

—Perdón, Hipo. Yo no quería que pasara esto… —Astrid trató de abrazarlo pero él dió un paso hacia atrás

—No te disculpes. 

—¿Estás bien?

—Sí, sí bastante bien —quiso ponerle un toque de sarcasmo en su voz pero no resultó —Mejor vámonos o llegaremos tarde. 

Apenas dijo eso cuando un tren llegó. Las personas salieron y ellos subieron, pero el simple hecho de estar a un lado de una persona que te acaba de rechazar era insoportable. Le bastaron unos segundos a Hipo para que se bajara antes de que se cerraran las puertas. 

—Lo siento, no puedo —observó a Astrid por la ventana. Ella parecía entenderlo, sin embargo, también le dolía lo que estaba pasando. ¿Su amistad estaba por terminar? El tren avanzó mientras que él, destrozado tomó asiento de nuevo en la banca. El anciano se acercó para saber el resultado, no se había enterado de mucho a pesar de permanecer en el lugar.
—¿Por qué no te fuiste con tu novia?

—¡Usted! —gritó furioso mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de su mano 

—¿Qué pasó, muchacho? Deberías estar feliz

—¡¿Feliz?! ¡Me lleva la chingada! —el anciano no parecía comprender la magnitud de la situación —Usted tuvo la culpa

—¿Yo? —preguntó extrañado por la reacción de Hipo —¿Por qué? 

—¡Porque le hice caso! Por escuchar sus estúpidos consejos 

—Tranquilízate, muchacho. No pasa nada. Lo puedes volver a intentar

—No entiende 

—Llévale flores…

—¡Me mandó al carajo! —volvió a gritar con enojo —¿Acaso no lo escuchó? Tiene novio, no me ama a mí, ni siquiera le gusto 

—Relájate. No es el fin del mundo.

—No me salga con sus filosofías estúpidas

—Dale tiempo, sé lo que se siente

—No, no sabe nada. Me rompieron el corazón —decirlo en voz alta no parecía ayudarle en nada

—No seas exagerado, muchacho. Eres joven, te queda mucho por vivir

—Mejor cállese

—Tendrás oportunidades para conocer más chicas. Vas a estar bien

—Y ya no quiero oírlo, no tiene idea de nada 

—Sí lo sé

—No, no lo sabe

—Sé lo que es un corazón roto 

—Mejor váyase a la chingada —no quería seguir escuchándolo. Quería irse lejos de ahí, por lo que caminó hacia la salida pero el anciano lo tomó con fuerza de su brazo para detenerlo —Suélteme —Hace un intento para zafarse pero no lo logra

—Conocí a mi esposa en este mismo lugar, hace ya tantos años. Quizás por casualidad o destino. 

—Neta, señor. Me vale madre lo que le pasó 

—No sabíamos que éramos vecinos hasta que nos encontramos un día, íbamos a la misma escuela. Nos hicimos inseparables. Yo sabía que podía contar con ella, y ella contaba conmigo. Luego me di cuenta de lo enamorado que estaba, aunque eso ya te lo conté. Siempre estuve ahí, y me dolía cada que me hablaba de aquel chico con el que salía, pero era feliz, eso importaba.

—Suélteme… No quiero oírlo, déjeme en paz

—Después aquel tipo le rompió el corazón, estuve para ella tratando de que sanara. Fue cuando me atreví a enamorarla, darle más de mí, darle flores, cartas y poemas. ¿Y sabes qué, muchacho? 

—No, no sé ¿Qué?

—Valió la pena el esfuerzo y la espera. 

—No es lo mismo, ella nunca le dijo que no lo amaba. No sabe de corazones rotos 

—¿Por qué crees que no lo sé? 

—Porque no, se quedó con ella —otro pitido se escucha. El tren llega y las puertas se abren para seguir con el mismo ciclo. Personas entran y otras salen. 

—Sé el dolor de un corazón roto. Ella… —guardó silencio —la mujer que amo... murió —antes de que el tren avance, el anciano sube dejando a Hipo mudo por lo sucedido. 

[***]

La banca que se encuentra en el andén del metro está ocupada por un anciano. Observa a la nada, esperando. Un tren llega y salen personas de él, entre ellos sale Hipo con un girasol. Toma asiento, deja la flor a un lado suyo mientras saca una libreta de su mochila. Comienza a escribir algunas frases, otras las tacha; piensa unos instantes antes de que la pluma se deslice suavemente sobre el papel, nada convencido arranca la hoja. Una y otra arranca, estaba comenzando a frustrase por la falta de inspiración. 

—¿Tienes problemas, muchacho?

—Eh no… sólo que no encuentro las palabras correctas —rechazó la ayuda sin despegar sus ojos de la hoja 

—¿Una nota?

—Sí, quiero escribir algo

—¿De amor? —preguntó el anciano, Hipo sintió un dejavú pero ignoró esa sensación —Te puedo ayudar, me considero un poeta 

—Ya le he escrito mucha poesía 

—Nada como la poesía para enamorar —de nuevo sintió esa misma sensación. Esas palabras las había escuchado en algún lugar. Alzó por fin su mirada para toparse con el anciano, el mismo que había visto hacia unos meses 

—¡¿Usted?! ¿Qué hace aquí? 

—Hola, muchacho 

—¡Qué coincidencia verlo!

—A diario viajas por aquí ¿No?

—Sí… ¿Cómo lo sabe?

—Lo supuse

—Si, viajo todos los días en metro —respondió con cierto ánimo —Y ahora que lo veo quiero disculparme 

—¿Por?

—Por lo de la última vez 

—No te preocupes, ya pasó. Y… ¿Cómo te va?

—Me va bien, bastante bien diría yo 

—Y ¿Qué tal el corazón? Estás escribiendo otra nota de amor 

—Sí, estoy mejor

—Se ve...

—Admito que tenía razón 

—¿En qué?

—En no clavarme con alguien que no me amaba, bueno al menos de la manera que yo quiero

—¿Cómo está Astrid? ¿Sigue con Diego? —eso le sorprendió, no recordaba haberle dicho nada al respecto, sin embargo, respondió

—Es feliz con él, sigue siendo mi mejor amiga.

—La dejaste ir

—Me dolió pero tuvo razón. Soy joven y… seguí sus consejos. Conquistar a una chica con poemas, flores y esos detalles

—La vieja escuela siempre funciona ¿No?

—¡Es una maravilla! No me dí por vencido con ella, después de lo de Astrid… conocí a alguien más. Nos hicimos inseparables, no tenía idea de que vivía a lado de mi casa —comenzó a contarle con entusiasmo —Y bueno, ella también le rompieron el corazón, por mi experiencia logré que lo superara. Luché por ella, darle detalles y todas esas cosas que me dijo que hiciera 

—Y funcionó 

—¡Sí! Estoy enamorado y lo mejor es que ella de mí. 

—Me alegro por ti, muchacho

—Y yo fui muy grosero con usted, sólo quería ayudarme en esto y…

—No pasa nada. Estaba seguro de que lo conseguirías, después de todo no cambiaste de opinión

—No sé a qué se refiere, pero sí. Al menos, soy feliz 

—Quería tratar de convencerte de lo contrario, pero fue al revés. Y debo agradecerte por ello 

—No entiendo ¿Convencerme? ¿De qué? —de un momento a otro la situación se volvió extraña 

—De que no te enamoraras 

—¿Cómo ? Creo que hay algo de lo que me estoy perdiendo 

—Sí, quería que no cayeras en el amor 

—Sigo sin entender

—Yo soy tú —soltó de pronto el anciano 

—¡Qué tonterías está diciendo! —Hipo comenzó a reírse de una forma incontrolable

—Es verdad

—¿Se siente mal? 

—Estoy en perfectas condiciones

—No me lo parece —realmente no estaba convencido de que estuviera bien —mejor tómese su medicina. Algo le está fallando...

—No las necesito 

—Pues debería

—Vine a convencerme de que tomé la mejor decisión. Te dije que el amor de mi vida murió

—Eh… sí. Y lo lamento, pero no sé qué tiene que ver conmigo

—Es obvio que no me crees

—Trataré de… creerle. No sería la primera vez que escucho sus… historias —al final no era tan malo 

—Cuida a esa joven, te hará feliz toda una vida —al momento que dijo eso el anciano, un tren llegó. Las puertas se abrieron pero en esta ocasión nadie salió, Hipo no lo había notado hasta ese momento pero la estación del metro estaba en soledad, ni siquiera un ruido. El anciano subió sin decir nada más.

—¡Espere! —gritó —No puede irse así. Pensé que me contaría la verdad 

—Ya la sabes

—No, no la sé 

—Yo soy tú y tú eres yo. Vine a comprobar que vale la pena mi sufrimiento

—¿De qué habla? 

—Serás muy feliz, Hipo —las puertas del tren se cerraron y comenzó a andar hasta perderse en el túnel.

—¡¿Cómo supo mi nombre?! —gritó de nuevo —¿Será qué…? ¡Nah! es imposible, yo nunca le dije nada… pero… —se quedó pensativo —¿Cómo sabía? —preguntó esperando a que alguien le diera una respuesta —es imposible que sea verdad lo que me dijo… No. Lo dudo, él no era yo, de seguro si necesitaba medicamento, igual y si estaba alucinando. 

Regresó a la banca a terminar la nota , un pitido se escuchó. Hipo se apresuró a agregar algunas palabras más mientras que el tren hace su parada. Sus puertas se abrieron para dejar salir y subir a personas; observó a un joven que iba hacia él hasta que estuvo enfrente. Le dio el girasol y la besó con ternura. Ambos chicos se tomaron y de la mano y salieron juntos del andén.










































La aventura de una joven escritora


Hoy en día son pocos los que se atreven a conocer las profundidades de las personas, el saber sus virtudes, conocer sus miedos, defectos y aún así quedarse. Si me preguntan quién soy y de dónde vengo respondería de una forma muy normal, pero se supone que soy una escritora que debe romper lo común. Reflexiono esas preguntas al son que escucho el soundtrack del Señor de los Anillos: La comunidad del anillo. Dejo que la música me lleve a la Comarca, a donde comienza la aventura. Respondiendo, soy una joven friki de 25 años, a casi un mes de cumplir un año más en esta vida; amante de la saga de Harry Potter, perteneciente a la casa de Godric Gryffindor, en donde habitan los osados. Amante de la lectura, evidente que leí todos los libros y visto todas las películas; alguien que todavía se emociona porque está próximamente a estrenarse la nueva del universo mágico, y en la que aplaudo a la escritora de que haya tomado el control de su historia para escribir el guión. Algunos no logran comprender el amor y cariño que le tengo a esto, soy coleccionista y la mayor parte de mi dinero se va a artículos relacionados con la saga. J.K Rowling me introdujo a la literatura, mi motivación para ser lo que soy ahora, para atreverme a dejarme seducir por las letras, darle voz a todas aquellas historias que se quedan en el silencio; años después encontré amigos con la misma afición, entre ellos a la persona que amo demasiado.

Caperucita Roja

El mundo es difícil y más cuando no tienes nada que comer; tengo que volar por todos lados buscando algo que llevarme al pico. Lamento mis malos modales, soy Diaval. Un cuervo solitario que anda de aquí y por allá, en pueblo en pueblo esperando que alguien me tenga piedad y me de algo de comida en lugar de que me den caza. No tienen idea lo horrible que es eso, en especial odio cuando los perros andan tras de mí, tratando de atraparme con sus horribles garras, pero no nos desviemos. En una casa del último pueblo que visité, una humana bastante particular me ofrecía migajas de pan, y de vez en cuando restos de fruta fresca. Era una niñita muy bonita, en todo este tiempo que llevo volando por todos lados, nunca he visto a nadie parecida. Era muy buena, y es parte de la historia que quiero contarles. De la cual, no tenía idea que estaría preparado para ser testigo. Un suceso que me tomó por sorpresa y que hasta el día de hoy he tratado de comprender. 

Siempre me posaba en las ramas del árbol más cercano, tenía una muy buena vista además que me daba mucha curiosidad, así pude notar que la belleza de esa niñita enloquecía a su madre, y por las raras ocasiones que hablaban, también enloquecía a su abuela. Le habían mandado a hacer una caperucita roja con el sastre del pueblo, y le sentaba muy bien que todos la llamaban así: Caperucita Roja. Un día pasé por su casa esperando a que me dieran comida, la verdad es que me moría de hambre y olía bastante delicioso. La madre de la niñita estaba cocinando unas tortas, así que me asomé por la ventana y vi que me habían dejado un pedazo de pan y mientras me lo comía con calma oí que le decía:

—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de manteca. 

La niñita se puso su caperucita y tomó la canasta que su madre le había dado. Me dió mucha curiosidad, además que no tenía nada que hacer, así que decidí seguirla a una distancia prudente, sin que me pudiera ver. Partió en seguida a ver a su abuela, no sabía donde vivía, suponía que lejos. Pasó por un bosque, algo tranquilo y con la oportunidad de posar en un árbol mientras seguía caminando hasta que ví que se encontró de frente con un lobo. Sentí algo de miedo por la niñita, quise decirle algo pero ni un graznido me salía del pico; sobre volé por encima del bosque y noté que había algunos leñadores cerca, Caperucita tendría suerte de no ser devorada… por el momento. Con un gruñido bastante escondido le preguntó a dónde iba, como ella no sabía que era peligroso hablar con el lobo, con confianza le dijo: 

—Voy a ver a mi abuela, le llevo una torta y un tarrito de manteca que mi madre le envía.

—¿Vive muy lejos? —preguntó el lobo, yo esperaba que no le respondiera pero así lo hizo 

—¡Oh, sí! —respondió Caperucita Roja —por el molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo. 

—Pues bien —eso ya no me gustó para nada —yo también quiero ir a verla. Iré por este camino, y tú por aquél, Veremos quién llega primero. 

Ví que el lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto, la niña tomó el más largo; no quería dejarla sola así que emprendí el vuelo, siempre por encima de su cabeza. En ningún momento notó mi presencia, se entretenía en coger avellanas, corría tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Me sentía preocupado, por lo que decidí ir tras el lobo para saber cuál eran sus verdaderas intenciones. Llegó a la casa de la abuela, tocó con sus patas y escuchándose un toc, toc. 

—¿Quién es? —oí que respondió una suave voz 

—Es su nieta, Caperucita Roja —tengo que admitir que era bastante inteligente. Disfrazó su voz, ese gruñido que todavía tenía atorado en la garganta —le traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre le envía. 

Me acerqué más a la casa buscando un huequito para ver. Me encontré un agujero cerca de una ventana. La cándida abuela, estaba en cama porque no se sentía bien, esperaba que así se quedara y no le abriera la puerta, que no hiciera ningún esfuerzo en levantarse pero ella gritó: 

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá. 

El lobo hizo caso, tiró la aldaba y la puerta se abrió. Quise entrar a la casa con velocidad, tratar de advertirle a la abuela pero el lobo cerró la puerta en mi pico. Volví al hueco y lo que vi fue horrible, el lobo se abalanzó sobre la buena mujer. Lo que pasó después fue muy horroroso... la abuela fue devorada en un santiamén, imagino que el lobo tenía mucha hambre. Después cerró la puerta y se acostó en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja. Salí volando de nuevo para encontrar a la niña, advertirle que el lobo la estaba esperando pero ya no la encontré en el camino. Regresé a la casa de la abuela justo al momento en que estaba golpeando la puerta: Toc, toc escuché.

—¿Quién es? —noté cómo al oír la ronca voz del lobo, se asustó, aún así respondió:

—Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre le envía. —oí el grito del lobo 

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá. 

Caperucita Roja hizo caso y tiró la aldaba, la puerta se abrió. Ahora sí me apresure a entrar antes de que me cerraran la puerta en el pico otra vez. La niñita entró y el lobo estaba escondido en la cama bajo la frazada.

—Deja la torta y el tarrito de manteca en la repisa y ven a acostarte conmigo. 

No sabía qué hacer, si impedir que hiciera caso aunque yo también podía correr riesgo a que me comieran, sólo me pose en una viga de madera del techo donde los veía a todos. Caperucita Roja se desvistió para luego meterse en la cama. Noté su sorpresa cuando vió la forma de su abuela en camisa de dormir. 

—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes! —exclamó y tenía razón. Eran muy enormes 

—Es para abrazarte mejor, hija mía. 

—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene! 

—Es para correr mejor, hija mía —¡Y vaya que corría muy rápido!

—Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene! —comencé a pensar en la inocencia que tenía Caperucita Roja para no darse cuenta que era el lobo. Empezaba a sentir pena por la pobre criatura.

—Es para oír mejor, hija mía. 

—Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene! 

—Es para ver mejor, hija mía. 

—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene! 

—¡Para comerte mejor! 

Todo pasó muy rápido, al escuchar esas palabras no pude evitar como el lobo se abalanzaba sobre Caperucita Roja. Sólo se la comió. Hasta el momento siento algo de culpa porque quizás pude advertirle, aunque también ella tuvo la culpa porque las humanas, esas señoritas amables y bonitas no deben oír con complacencia, por lo que he escuchado en otros pueblos, no es extraño que varias son presa fácil del lobo. Además no todos los lobos son iguales: los hay silenciosos, sin odio ni amargura, que en secreto, pacientes, con dulzura van a la siga de las damiselas hasta las casas y en las callejuelas; más bien sabemos, entre todos los lobos, son los más fieros. Y esta fue la triste historia, la que fui testigo silencioso sin poder hacer nada.

Ahí viene la bruja

Uno… dos… duermen los niños

Tres… cuatro… no salen de su cuarto

Cinco… seis… sueñan visiones

siete… ocho… ojos al acecho

Nueve… diez… se esconden con rapidez


Uno… dos… suena el reloj

Tres… cuatro… sale la luna

Cinco… seis… vuelan por los cielos

Siete… ocho… ahí viene la bruja

Nueve… diez… entra por la ventana


Uno… dos… suenan pisadas

Tres… cuatro… ten cuidado

Cinco… seis… la bruja ataca

Siete… ocho… llega lo perverso

Nueve… diez… te jala los pies


Uno… dos… un poco de ajo

Tres… cuatro… una pizca de lagarto

Cinco… seis… escama de pez

Siete… ocho… al horno el bizcocho

Nueve… diez… la bruja es feliz

Gilmer

Un reloj redondo y dorado cuelga de la pared. Las manecillas verdes se mueven lentamente al compás de los dedos del hombre. Debajo hay otro reloj, pero este es de arena. Los granos caen con rapidez hasta quedar vacío. Lo voltea, y otro ciclo da inicio, ahora con lentitud. La imagen borrosa de una chica se forma y con un chasquido se disuelve. En la pared se refleja la sonrisa del Tiempo; imágenes cruzan ante sus ojos, una tras otra hasta que se detienen.

Una abarrotada plaza comercial, personas que van con bolsas de compras. Andy espera en una mesa del cine; los dedos tamborilean la madera mientras observa el sitio por donde las personas entran. Mira su reloj azul con detenimiento, en su rostro se forma un gesto. Las manecillas se siguen moviendo, el tiempo avanza. Revisa el celular como si ahí tuviera la solución. No ha llegado ningún mensaje de disculpa… aún. Los dedos tamborilean: pam… pam… pam. Se impacienta. Fija su vista por donde los demás van llegando, hasta que reconoce una cabellera castaña. Mariana va andando hacia ella con pasos rápidos, sonríe tímidamente con una disculpa grabada en su rostro, mientras que Andy hace una seña con su reloj. Entran a la siguiente función. 


Mariana es como una mariposa revoloteando por aquí por allá, con un sin fin de cosas que hacer y aprender, pero con un obstáculo. Levantarse temprano y organizar su agenda no era suficiente: siempre llegaba tarde a sus compromisos. Minutos u horas, sin importar el esfuerzo, coincidir con el Tiempo era un problema. Se resignó a estar estigmatizada por la impuntualidad. Clases, exposiciones, exámenes, clases otra vez; era un día ajetreado con demasiadas actividades. Ella está agotada y lo único que desea es dormir. La cama la seducía, pero no puede. Los números del reloj digital cambian, sus ojos se cierran y, de vez en cuando, se le escapa un bostezo. Medianoche. La una, las dos, las tres… es momento de ir a la cama y sucumbir ante Morfeo. La alarma suena en diversas ocasiones, pero nadie se percata ante esto. Silencio. El reloj de pared repiquetea... tic tac tic tac, poco a poco comienza a hacer un mayor eco… TIC TAC TIC TAC. Las manecillas giran a una velocidad vertiginosa hasta que se detienen. El celular cobra vida al son de una canción. Mariana, con tanto ruido, despierta, aturdida responde la llamada. 


—¿Dónde estás? El examen está por comenzar. —Fue lo único que bastó para levantarse.


Anda por toda la habitación mientras se viste. Se cepilla los dientes a la par de que se calza sus converse. ¿Cómo se le olvidó que tenía examen? En eso nunca llegaba tarde. Corre con suerte, su profesor no le importa su retraso. Tiene que arreglárselas para responder todo el resto de hora que le queda. Nada parece arreglar su problema. Exámenes, comidas importantes, compromisos con sus padres, a todo llegaba tarde. A veces perdía la noción de lo que estaba haciendo, otras en definitiva no recordaba sus eventos. Andy, convencida de poder arreglar su problema, le regaló un reloj. Uno diferente a todos, uno de bolsillo color plata con el grabado de una serpiente y una inscripción en verde: “Para que dejes de llegar tarde” se leía.


—¿Dónde estabas? —Suena su celular—. Te marqué, te dejé mensajes. Dime... ¿qué tanto te importo? 


—¿Por qué me preguntas esto? —Mariana no sabía a qué se refería. 


—No sabes qué día fue ayer, ¿verdad?


—¿Viernes veintisiete? 


—¡Eres increíble! Olvidaste mi cumpleaños. —La sensación de un balde de agua helada cae sobre ella.


—¡NO! No es lo que parece; te compré tu regalo... 


Quiere explicarle, pero no salen las palabras. Su amistad está en peligro. Por alguna extraña razón, Mariana no recordaba las fechas de sus entregas ni de nada, apenas tenía noción del mes en que vivía. Mira el reloj que le obsequió Andy; lo llevaba siempre consigo por nostalgia. Sabe que la inscripción eran las palabras de ella. Las manecillas se detienen. Extrañada lo acerca al oído, y sin querer aprieta un botón. Con click una luz la absorbe, apareciendo ante una sala enorme y blanca. Ve otro reloj, sus manecillas están detenidas al igual que la arena del otro. Se acerca, siente un hormigueo en el cuerpo. Algunas imágenes se forman en la superficie al ser rozada por sus dedos. El vacío en su mente se llena y los recuerdos aparecen. Tiempo aparece con una túnica oscura, su barba negra y un ojo de vidrio, donde se podía ver los engranajes del interior.  


—¿Qué haces aquí?  


—¿Quién eres tú? ¿En dónde estoy? —Aprieta con fuerza el reloj que le regaló su amiga. 


—Yo soy Gilmer —Ofrece su mano; es un brazo que se mueve lento como una máquina—. Temporis, el Padre tiempo, pero… ¿Cómo entraste aquí?


—Con esto —responde Mariana mostrando su propio reloj—. Tú modificas mi tiempo, ¿verdad?


—Puede ser.


—¿Por qué? Por tu culpa llegaba tarde a todos lados. Mi mejor amiga me dejó de hablar— respondió muy molesta 


—Es divertido.


—Pues no lo es. Me causas demasiados problemas.


—Ese es el propósito. 


Mariana, enfurecida por la sonrisa que tiene Gilmer, se acerca al gran reloj de arena y lo avienta contra la pared. Miles de fragmentos se esparcen por el suelo; las manecillas se mueven hasta formar una imagen nítida: el día del cumpleaños de Andy. Antes de que el hombre hiciera algo, ella aprieta el botón de su reloj y desaparece. 


¿Te encuentras bien? 


—Sí, bastante bien 


—Hoy llegaste temprano. Muy puntual. —Andy la mira extrañada, como si tuviera una enfermedad contagiosa. 


—Créeme que ya no volveré a llegar tarde nunca más.


—¿Usaste el reloj? 


—¿Cómo lo sabes?


—Necesitabas un poco de ayuda. —Quedó sorprendida ante semejante revelación, aunque tampoco estaba dispuesta a regresarlo. Quizás el Tiempo la dejaría en paz. 


¡Aúlla, lobo!

Dueño de la noche,
de tu garganta nace
el aullido gutural
que anuncia tu presencia.
Convoca a los tuyos
a la luz de la luna.

Entre las sombras
yacen el brillo
resplandeciente de tus ojos
vigilantes.

Criatura, color de las nubes
de un día tormentoso.
Mirada hipnotizante
que traspasa mi mente y logra
conocer la profundidad
de mi alma.

Furtivo y solitario, caminas
en la penumbra con pasos
silenciosos.
Sentencia de muerte a los desconocidos,
protector de los amigos.

Guía, acompañante en el viaje
del mundo espiritual.
Albos nobles y majestuosos.

Avasallas el poder, que los griegos
te han marcado.

Líder, el alfa que manda.
El beta que te seguirá.
¡Lobo! ¡Aúlla! ¡Aúlla!
Seduceme a la noche
que quiero bailar
al son de tu aullido.

Bicolor

El diccionario define el término amistad como afecto personal puro y desinteresado. Esas dos palabras que toman relevancia: Puro. Desinteresado. Precisan con que esa simpatía debe ser compartida con otra persona que nace y se fortalece con el trato. Que nace… se fortalece. Los términos se quedan en mi mente, lo pienso mientras veo como los copos de nieve rozan las ventanas del gran salón. Ha dejado de escucharse el chisporroteo de las llamas, las que se fueron extinguiendo lentamente ocultando el murmullo del viento que sopla afuera. En la habitación más alejada, se escucha un pequeño crujido; el gato que dormía sobre una de las cómodas butacas cerca de la chimenea, se desperezó ronroneando. Algunos rayos de luz se escapan por la ventana del dormitorio, colándose por las cortinas de dosel. Había despertado con una ilusión. Deseaba que al abrir los ojos, todo fuera una pesadilla, un mal momento del que quisiera olvidarme, pero me equivoqué. Te fuiste, dejándome con un vago recuerdo; las paredes susurran nuestras aventuras esperando a que alguien las escuche, sonría y pida que las contemos una vez más.

Floki corre tras de mí, con la pelota en el hocico esperando a que se la lance, Moony sólo se mantiene en su lugar, acostada. Me cuestiono cómo es que alguien como tú, terminó siendo parte de mi vida ¿Cómo es que te convertiste en un compañero entrañable, siendo distintas pero iguales? ¿Cómo pasó? ¿Existe alguien, que te permita alcanzar los sueños, sin tener que destruir de por medio las ilusiones? Floki se acercó a mí para reclamar mi atención, me senté en el suelo, él se acurrucó en mis piernas, distraídamente acaricié su oreja negra al mismo tiempo que trataba de relajarme, y disfrutar de un gesto tan noble. Nunca creí que me tuviera tanta estima para saber cuándo necesitaba de una compañía tan amena. Moony se cansa de estar en su cojín, también quiere un poco de cariño, entre ronroneos se fue acercando a nosotros. Mi mano derecha acaricia el lomo blanco de Floki, mientras que mi mano izquierda, las orejas grises de la gata. Dejo escapar el aire que he estado conteniendo por mucho rato para sumirme en el pasado. 

¿Lo recuerdas? Bastó un saludo para que comenzara esta travesía de la que no me arrepiento. Hechizos, deportes mágicos y un chaval, el mismo que terminó siendo como la mayoría, ese que con el peso de sus acciones se transformó en el innombrable aunque debo admitir que, se convirtió en un bufón para divertirnos a ratos. Ni tú ni yo tuvimos la menor idea de sus planes para recuperarte y he de aceptar que sin él, no hubiéramos construido lo que tenemos hasta ahora. Palabras hechas en mensajes, sonidos mudados en tu voz. Anécdotas y arcanos detalles fuimos compartiendo al pasar las semanas. Aficiones, disgustos, virtudes, pero… ¿En qué ocasión exploramos los defectos? Cuando me abandonaron. Fue Alice la primera en hacerme cambiar de opinión sobre la verdadera amistad. Mi fe hecha añicos por falsas promesas, y esos fragmentos bastaron para que yo fuera capaz de salir del olvido en el que me encontraba. Siempre me he mantenido reservada ante mi pasado, por miedo al darme cuenta de que no he sido capaz de controlar esos recuerdos, porque la memoria hiere. 

Solía vivir en la soledad, no sabía cómo convertirla en mi acompañante, era un vacío que me asfixiaba. Sentía las sombras devorarme con avidez. Alice era una pequeña luz brillante, como una luciérnaga entre la noche que seguí ciegamente esperando encontrar lo que buscaba, lo que mi alma anhelaba. Una plática sencilla se fue transformando en algo más fuerte. Escuchó mis inseguridades, leyó mis pensamientos, me motivó lo necesario para lograr salir del bache en el que me encontraba. Nos acompañamos, conocí sus sueños, busqué la forma de ayudarla a luchar por sus metas, creí conocer todos sus demonios, creí poder enfrentarme a cada uno de ellos. Padres separados, una familia rota. Caminos diferentes y heridas hechas. Culpa tras culpa fueron causando dolor. Crisis y dudas existenciales. ¿Cuál era el sentido de la vida? No supe qué responder, corría por mis venas una furia contenida por ver su rendición, por ser testigo de que no tenía esa fuerza de voluntad para afrontar las adversidades. Sin embargo, me mantuve para darle lo que necesitaba. Busqué la forma de inyectarle vitalidad pero no me daba cuenta que tenía un precio, uno que me absorbía. Cargué sus problemas sobre mis hombros y su infierno se convirtió en el mío, sus demonios comenzaron apoderarse de mí.

Desgaste. Tóxico. Eso era todo en mi ser. Un daño que me ha estado haciendo para poner en duda mis esperanzas. Alice puso un abismo de distancia, el que no soy capaz de superar ni seguir. La quise demasiado para arriesgarme a caer en un precipicio. Y sólo se fue. Me abandonó. Me lastimó profundamente, aún así le abrí de nuevo mis brazos para acogerla en medio de una fisura en un lazo que nació. Seguí vagando en un camino oscuro, en ocasiones con matices grisáceos. Hasta que conocí a Anahí. Ella me ayudó a comprender las penas que embargan a Alice, me hizo saber la importancia que yo tenía en la vida de los demás, al menos de aquellos que valían. Supo apreciar cada detalle, cada sonrisa, cada palabra de aliento que solía darle, pero sobretodo supo abrir un corazón encerrado por miles de cerrojos. Creí haber encontrado en ella una compañera de aventuras, con la que podía salir a dar un paseo o sólo platicar. Todo marchaba bien, solía sentir su cariño, solía aprovechar cada abrazo dado porque decía que eran especiales. Yo era especial... o así lo pensé. Así lo creí y así lo deseaba. 

Sentimos, cada latido nos recuerda que respiramos, con problemas o sin ellos. ¿Cuál es el motivo para seguir? La vida misma. La determinación. Si caemos nos levantamos y seguimos, las veces que sean necesarias. En solitario o acompañados. Pero Anahí prefería tomar distancia, para luego desaparecer; no tomaba aquel riesgo de dejarse guiar por esos que estaban dispuestos a ir en camino con ella. Se marchó sin dejar una explicación. La iniciativa de arreglar las cosas se esfumó como el humo de un cigarrillo, pero quedando impregnada en mis recuerdos. 

Una vez. Dos veces. Una segunda oportunidad para mejorar, pero sólo sabía alejarse. Se fue, dejando una herida, una marca. ¿Quién se iba a imaginar lo que me esperaba después? Una prueba engorrosa: Minerva. Otra ocasión en la que creí que había encontrado la que cuidaría de mi alma porque dicen que la tercera es la vencida ¿No? Tenía en mi mente que estaría cada vez que yo cayera, y en un comienzo así fue. Compartimos risas y aventuras, deseosas de que no tuvieran un final. Creamos lazos llenos de envidias secretas y redes de hipocresías. Cegada por haber encontrado a alguien con quien pudiera compartir mis anhelos pero caí en la trampa, la misma que me iría consumiendo lentamente. Tuvimos un sueño. Deseábamos que los demás conocieran nuestras andanzas a través de las palabras. Yo tenía un don, el de hechizar las letras. Era mi fuente de esperanza, la forma que encontraba para mantenerme en una realidad llena de matices. En ningún momento pensé que todo se derrumbaría. Mi corazón, hecho de piezas de lego que tomó sin pedir permiso para arrojarlo contra un muro, con la frialdad y maldad existentes. Destrozando todo, una nueva toxicidad corría por mis venas. Las manecillas del reloj se fueron convirtiendo en reproches por no haber sido lo que ella quería. Reclamos. Esos que te obligaban a bajar la cabeza y a ceder. Un vínculo roto era el resultado de una dolorosa batalla. Se perdieron derechos, dejaron de pertenercerle en el instante en que se dejó consumir por el egoísmo; los trazos de tinta en la piel comenzaron a perder significado, a ser un recordatorio. Todo empezó a ser dudoso para terminar siendo probablemente un error, el mismo que me estaba dejando una enseñanza. ¿Qué somos ahora? No sé, no tengo idea si podremos seguir escribiendo aventuras. Y ahí apareciste tú, para fortificar mi ser al escuchar mis sollozos y secar mis lágrimas. Quejas tras maldiciones, golpes tras tropiezos porque quise rendirme, quise dejar de creer pero me levantaste y me motivaste a seguir con la magia. Tenía las intenciones de desaparecer, ser olvido, pero no lo permitiste; fuiste demasiado contundente, dura. Escuché lo que tenía que oír, lo necesario para obtener fuerza de voluntad. Fuiste mi tabla a la que pude asirme en medio de la tempestad, la luz para alguien condenado a la oscuridad.

Los minutos corren, las horas pasan, decido abrir mi corazón y tú decides entrar en él; despojas mis temores y con valentía tomas la batuta y te quedas. Me aconsejas, me alientas, aprendo de ti y te conozco lo necesario para querer entregar mi vida por la tuya. Tu sabiduría logra llenar el vacío, deja de doler cada punzada y ahora cada suspiró tiene un motivo. Lograste mantener mi naturaleza intacta con cada palabra. No espere que el tiempo transcurriera para tenderte la mano y devolverte el favor. Te levanté, te reforcé. Te escuché, te abracé a distancia pero lo suficiente para que me sintieras cerca. Fui dura, fría, necesitabas aprender para ser mejor, porque para tí, rendirse no es opción. Quise darte el cariño necesario, en aquella vez, cuando sufriste de un corazón roto. No fue fácil, pero fui capaz de ayudarte a pegar cada trozo; logré que sanara para que funcionara de nuevo, porque un corazón que siente te recuerda que es un corazón que vive. Nuestra historia es la del león y la serpiente, de cómo rompieron toda regla impuesta por la naturaleza para convivir de cerca sin perecer. Un mamífero, un reptil, que se hicieron daño en algún punto para que el felino rugiera y la víbora se alzara para demostrar que no existe debilidad alguna, sólo la que uno quiere que sea así. 

¿Has olvidado nuestro día? No lo creo, porque fue justo cuando te conocí, cuando todo dejó de ser ficticio para ser real. Tenía tal entusiasmo en abrazarte y dejarte sin aire… un sueño hecho realidad. No sé por qué, pero accediste en ir al zoológico conmigo, cuando pudimos haber hecho otra cosa más interesante; vimos a los animales y nos detuvimos en las jirafas, tu animal favorito. Después fuimos a comer pizza. Un plan muy tradicional pero nuestro, algo que no repetiría con alguien más que no seas tú. Te reíste de mis mufafadas hasta que te dolió el estómago. Es posible que nadie más lo entienda pero somos el claro ejemplo de que el rojo y el verde se combinan perfectamente, porque no todos los leones son estúpidos ni todas las serpientes son malvadas. Tu astucia ha deducido la transparencia de mi persona, no existen secretos ni mentiras. Cada preocupación la sabes, cada problema lo solucionas con inteligencia; te convertiste en la persona con la que me gustaría compartir mi tiempo y los momentos más importantes en mi vida. Quiero que seas parte de cada logro obtenido, estés detrás del éxito de mis sueños y seas esa historia de la que nunca me canse de contar.

Ha pasado tanto desde que comencé a surfear en las olas de la añoranza; Floki y Moony siguen acurrucados en mi, acariciándolos. Apenas soy consciente de lo que estoy haciendo, sus respiraciones están en armonía. Mis audífonos vibran al reproducir All shall be well de Radnor & Lee. Los escucho una y otra vez, una forma sutil de perderme entre tanta nostalgia.

Era extraño, pero sentía que no estaba en el presente, sino que estaba viajando en un limbo, entre tantos instantes y momentos. Mi corazón afligido me retorna a mi realidad de tu ausencia. En esta ocasión comprendo que tenías la razón. Seguí unos instantes más, sentada en el suelo con ambas mascotas siendo ya consciente de todo, de mis errores y de mis añoranzas. Por instinto, reconozco ese característico sonido de tus pisadas; me levanto tan rápido como me lo permiten las criaturas, apenas abro la puerta cuando ya tengo encima a Max. Mi bestia favorita, ese perro canela que me ha acompañado por años. Ya no corre con tanta velocidad como solía hacerlo pero todavía tiene fuerza suficiente para poner sus enormes patas encima de mi y tirarme al piso, mientras me babea la nostalgia. Alcé la cara y sigues ahí, de pie, observándome en el instante en que Floki salió corriendo hacia donde estás, dejando sus huellas en la nieve tras de sí. Me embarga mi espíritu herido, reconozco mis fallas, y sé que estuvo mal. Me aproximo a ti con temor. Siento una opresión en el pecho, la misma sensación que había experimentado justo después de que todas esas personas me abandonaron, una pena que me aplastaba el corazón y los pulmones.

—Yo… —Las lágrimas brotaron, incapaz de impedirlo, ardientes primero y luego heladas se deslizaban por mis mejillas; no tenía sentido alguno fingir que no lloraba, las dejé resbalar, apreté mis labios con la vista fija en la gruesa capa de nieve. 

—Mírame —susurraste enfadada. Temblaba aunque no sabía si de miedo o de frío, no podía darme el lujo de que te fueras una vez más.

—Astrid… perdóname, no pretendía arruinar esto, yo… —alzaste la mano impidiendo que dijera algo más, quizás no pretendías oír un discurso bien elaborado.

—Es la última Emma, la última que estropeas todo. Me importa un bledo que no te guste la navidad —no tenía otra opción más que poner la mejor cara posible. Una sonrisa tímida e inocente, a veces resuelve todo.

—Ya, enserio perdón —volví a repetir con arrepentimiento en mi voz

—Sigo sin creer lo que hiciste 

—Y yo menos… te fuiste —susurré dolida. Pusiste los ojos en blanco, ese gesto que tanto conozco, algo tan de ti. Tomaste mi mano y la apretaste con fuerza. Importaba que estabas de vuelta —Es más, te tengo una sorpresa —exclamé emocionada

Antes de que protestaras, entré a tomar mi sudadera, mi bufanda y guantes para salir de nuevo. Había comenzado a nevar, tomé tu mano para llevarte atrás, donde te quedaste con la boca abierta. Un enorme árbol de navidad, lleno de escarcha y nieve estaba en medio del jardín, adornado por esferas de colores pero entre ellas, las rojas y verdes resaltaban con luces, que a pesar de ser una mañana clara se podían ver de manera estupenda la luz que irradiaban; debajo se encontraban algunos obsequios, grandes y pequeños, con moños y sin ellos. 

—¿En serio? —preguntaste anonadada

—Muy en serio 

—¿Y volverás a arruinar la navidad? —cruzaste los brazos, era evidente que todavía estabas resentida 

—Ya me disculpe contigo —suspiré dolida y cansada

Astrid estaba poniendo algunos adornos en el árbol de navidad; ya había puesto unos cuantos en el resto del lugar, mientras yo rebuscaba en las cajas. Aburrida, observé con detenimiento las esferas tan brillantes. Lancé una al aire atrapándola a tiempo antes de que cayera al suelo. Floki y Max mostraron interés en el juego que de inmediato se acercaron a mí, moviendo el rabo emocionados y felices. En una de las cajas, me encontré una pelota de goma. La lancé hacia el patio y ambos canes salieron corriendo tras de ella. Floki fue más hábil atrapándola, regresó feliz para que se la pudieran aventar de nuevo. Lo hice mientras seguía jugando con la esfera y ayudando de vez en cuando a Astrid; Max intentó aprovechar el descuido del pequeño para atrapar la pelota, que terminó una vez más en las oscuridades de los adornos. La batalla por obtenerla produjo un choque dominó, las cajas cayeron con un sinfín de esferas de colores. Pedazos de vidrios esparcidos en el suelo, y el árbol desplomándose.

—No quería que un simple juego terminara mal —volví a disculparme

—¡Quemaste el árbol! —gritaste con obviedad y furia en tu voz —¡quedó hecho cenizas! por suerte no incendiaste la casa —me respondiste muy duramente, a punto de regañarme otra vez 

—Pero te lo estoy compensando ahora —volví a poner una sonrisa inocente —¿Por qué no lo aceptas y lo olvidas? —pregunté. Tu ceño fruncido fue cediendo poco a poco —¿Sabes? No pretendo que de la noche a la mañana olvides mi travesura pero sí que recuerdes, que eres mi compañera y mi cómplice en este viaje que se llama vida. Una persona con la que puedo hablar de todo: filosofía, amor, galaxias, muerte, vida… o simplemente no hablar de nada. No. No puedo permitir que te vayas. 

Si tropiezo te recostaras a mi lado, esperando pacientemente a que decida ponerme de pie, tendrás palabras de aliento que me infundirán ánimo. Y si la caída supera mis fuerzas, tú me levantarás. Habrá caminos diferentes pero quiero que sepas que estaré para ti siempre sin importar hora o día. No compartimos la misma sangre pero ya eres mi hermana, la misma que elegí para compartir lo más importante. Mi alma gemela. Sonreíste ligeramente, tus ojos se llenaron de agua pero sé que escuchar esto te hizo bien. Te convertiste en la cura para tanta toxina devastadora que deterioraba mi espíritu, una pieza faltante, hecha de amor puro, la que necesitaba para seguir creyendo. Eres mi 11:11, un deseo de que te quedes en mi vida, que no te vayas... Sin duda, eres el ejemplo de que el verdadero amigo es aquel que desnuda tus miedos para mantener tu esencia, el que cuida tu alma para sacar la mejor versión de ti.

Escribir

¿Qué escribo?

Por la mente me transcurre una infinidad de libros, aquellos que me llenaron de vida y me sirvieron como inspiración para desear ser escrit...