La nota

La estación del metro está solitaria a excepción de un joven. No tardará demasiado en que la tranquilidad se rompa por el ajetreo de las personas que quieren salir o entrar al tren para ir a sus respectivos destinos. La banca que se encuentra en medio de toda la estación está ocupada por un chico. Su mano se desliza en diversas ocasiones sobre una hoja de papel. Escribe. Se detiene unos minutos al pensar la siguiente frase. Nada convencido la tacha. No le gusta como va quedando así que hace bola el papel y la avienta con frustración en su mochila. Observa con detenimiento su libreta y la hoja en blanco que tiene enfrente. Deja deslizar la pluma una vez más. No se inmuta ante el pitido estridente que se oye en lugar, el tren anuncia su llegada. Las puertas se abren para dejar pasar a los pasajeros. Una que otra persona entra a la estación corriendo para subir al tren. Se cierran las puertas, el que llegó, llegó. Avanza y se pierde entre la profundidad del túnel. La muchedumbre dejó a un anciano. Algo perdido decide tomar asiento al lado del joven. Trata de decirle algo pero decide no hacerlo. Observa el túnel mientras que el rasgueo de la pluma es lo único que puede oír.

—Disculpe joven —el chico no prestó atención, sus oídos estaban inundados por la música que transmitían sus enormes audífonos, y su concentración estaba por completo, puesta en la hoja de papel —Joven —volvió a repetir sin recibir la respuesta que necesitaba —Muchacho —tocó su hombro captando su atención

—¿Sí?

—¿Sabe cuánto tiempo tarda en llegar el siguiente tren?

—Unos diez minutos tal vez, no sé —respondió fastidiado por la interrupción

—Gracias. La verdad es que no me sé mover por aquí, y quedé en ver a mi hija… y no quiero llegar tarde

—Chido… —respondió el chico con indiferencia. Estaba a punto de volverse a poner sus audífonos, no tenía intenciones de escuchar nada más que no fuera su banda favorita

—¿Qué tanto escribes, muchacho?

—Algo...

—De seguro apenas estás haciendo la tarea 

—No señor, sólo es… algo —no tenía por qué decirle lo que estaba haciendo

—¿Algo? ¿De qué?

—No quiero ser grosero, pero no le incumbe —su tono de voz estaba siendo cada vez más grosero 

—Tienes razón, pero igual puedo ayudarte. Mis años me han dado experiencia

—Es una nota —pensó que al decirle podrían dejarlo en paz con sus predicamentos. Tenía mucho en qué pensar

—Recuerdo cuando me enamoré. Tenía más o menos la misma edad que tú cuando me dí cuenta que amaba a alguien —no podía estar pasándola esto. No tenía intenciones de escuchar, lo que probablemente sería una historia aburrida, aunque tampoco pretendía ser mal educado, así que fingió prestar atención —Y eso porque vi salir a esa chica con otro; me moría de celos, quería darle un buen puñetazo en la cara a aquel tipo, aunque siempre mi madre me decía que tuviera paciencia, que ya llegaría mi oportunidad, o alguien que me correspondiera. Al principio no pasó como yo esperaba, sufrí pero no me dí por vencido. Ya sabes, muchacho.

—No… no sé 

—Darle detalles y esas cosas que de pronto le gustan a las mujeres. 

—¿Cómo qué?

—Flores. Los girasoles eran sus favoritos; uno diario, cada día sin falta junto con poemas que le escribía. 

—La poesía no es fácil de escribir 

—Acepto que no pero le gustaba lo que yo le escribía... o eso decía. Y ¿Qué tenemos hoy?

—Ni idea

—Ya no se dan cartas para enamorarse, ustedes los jóvenes lo consideran algo muy anticuado a lo que están acostumbrados… ahora sólo mandan mensajes en esos aparatejos. Ya no existen los poemas para conquistarse, ahora se mandan mails…

—¿Mails? ¿En qué época cree que vivimos? Ya nadie manda mails, basta con un simple whats

—¿El was?

—¿Es neta? ¡Whatsapp!

—Ah, esa cosa. Sí… ya sé cual, aunque sigue sin gustarme

—Como sea… —en serio estaba considerando irse de ahí

—Sus aparatejos. Ya nadie entrega chocolates y las flores no se ven ¿Dónde ha quedado aquel romance? 

—Mire… en verdad, agradezco sus consejos pero… —al anciano no le importó la interrupción  

—No me incumbe. De seguro esta chica es afortunada por tenerte, le vas a dar un buen detalle al escribirle una ¿Nota de amor?

—No… no es mi novia —se apresuró a aclarar —¿Cómo sabe que no es una nota cualquiera?

—La experiencia, muchacho

—Ajá…

—Tienes cara de enamorado. 

—Claro que no —trató de no parecer obvio pero sintió como sus mejillas se teñían de rojo

—Tus ojos brillaron cuando mencioné a esa misteriosa chica

—Si usted lo dice… —su cara ardía. Trató de disimular

—Entonces no es tu novia —afirmó el anciano sin dejarlo de observar

—No —soltó el monosílabo con un suspiro.

—¿Ves cómo sí es una nota de amor?

—¡Bien! sí, eso es

—¿Y qué esperas para que lo sea?

—Yo… —sus rostro volvió a sentirlo caliente —no estoy seguro de que yo le guste. Quizás es mejor que seamos amigos —se estaba convenciendo de que era lo mejor 

—¿Para qué escribes la nota? ¿No se la ibas a dar?

—Usted lo ha dicho… iba a dársela, pero pensándolo bien, mejor no se la doy. 

—¿La amas?

—Por supuesto

—¿Entonces? 

—Es que… —no sabía cómo explicar sus problemas amorosos —es mi mejor amiga, y no creo que yo le guste…

—Yo también me enamoré de mi mejor amiga, muchacho ¿Y sabes qué? 

—¿Qué?

—Declararmele fue la mejor decisión que he tomado en la vida —suspiró con nostalgia —Ahora... conquista a esa joven. Dale flores, escribele cartas, sé como uno de la vieja escuela.

—¿Y si no funciona?

—Lo sigues intentando, al final siempre logras encontrar el verdadero amor 

—No sé, tengo miedo 

—Inténtalo, no pierdes nada

El anciano se levantó de la banca dejando sólo al chico. Él se queda pensativo, decide arriesgarse, por lo que termina de escribir la nota. Mientras lo hace se escucha un pitido, revisa su reloj para ver cuántos minutos le queda. Otro tren en dirección contraria a donde se encuentra él llega, se abren las puertas y salen personas. Alza la cabeza y logra distinguir a su amiga entre el gentío, tacha unas cuantas frases más y anota otras. Se levanta con la nota en su mano, listo y dispuesto a entregarla. 

—Buena suerte, muchacho —susurró el anciano con una sonrisa 

Otro tren llegó. Las puertas se abren, el señor se hace a un lado para dejar salir a las personas pero no sube, decide quedarse a observar al joven, quien trata de llamar la atención de su amiga que se encuentra al otro lado del andén. Con cierta desesperación, alza la nota para que pudiera verla pero una corriente de aire se la arranca de la mano. Tratando de recuperarla comienza a correr detrás del papel, choca con algunas personas que se encuentran esperando. Pero su mala suerte hizo que la nota se cayera a las vías, pensando en si bajar por ella o no, cuando otro tren hizo su parada llevándose entre las llantas, la hoja. Se quedó mirando el lugar en donde se perdieron sus palabras, sólo una voz conocida para él lo sacó de su ensimismamiento

—¿Qué tanto hacías?

—¡Astrid! —exclamó al notar la presencia de su amiga —Pensé que estabas del otro lado 

—Sí, lo estaba pero cómo no ibas… —respondió sin importancia —mejor dí la vuelta. Y luego te ví que andabas haciendo el ridículo corriendo por todos lados —sonrió 

—Es que… era una nota que se me voló —repuso con frustración 

—¿Una nota? ¿De qué?

—Pues… una nota —quizás por algo se le había volado. A lo mejor no era buena idea 

—Dime, ¿De qué era la nota? —la voz del anciano resonó en su mente. Debía arriesgarse 

—Yo… este… mira… era… —nunca en su vida había tartamudeado 

—¿Qué? —ella cruzó los brazos esperando la respuesta de su amigo

—Yo… quería… preguntarte si…

—¿Qué te pasa?

—Mira… yo...

—A ver, Hipo. Relájate y háblame bien —lo tomó por los hombros para tratar que se relajara 

—Quería saber si… no sé si quieras… —comenzaba a ponerse muy nervioso, pasando su mano por su cabello 

—Quiero, ¿Qué?

—Si… si… —tomó aire mucho más valor de lo que sentía tener. Iba al todo o nada —¿Quieres ser mi novia? 

—¿Yo? —era una pregunta que no se esperaba —¿Me estás preguntando a mí? 

—Si, la neta me gustas mucho —respondió con un suspiro —Quiero que seas mi novia

—¡Que buen chiste! —pero al ver el semblante de Hipo creyó que hablaba muy en serio —Es broma, ¿Verdad? 

— Eh… No, no es un chiste

—No te creo, nada más te gusta jugar conmigo 

—Te juro que no… ¿Qué dices? ¿Serías mi novia?

—Yo… —Astrid guardó silencio sin saber qué responder

—Sé que es precipitado pero...

—Hipo...

—En serio me gustaría que anduvieras conmigo, yo te quiero

—Hipo… 

—Y he estado pensando las cosas

—Hipo… —tomó su rostro entre sus manos para llamar su atención. Tenía que decirle —sabes lo importante que eres para mí

—Sí, lo sé. —se perdió entre sus ojos. Su corazón comenzó a acelerarse por la cercanía de ella. ¿Lo iba a besar? —¿Qué dices? —susurró casi sin aliento 

—Te quiero, pero...

—¿Hay un pero?

—Ya… ya tengo novio, Hipo —respondió apenada. Hipo notó como sus mejillas tomaron un color rojizo 

—¡¿Qué?! —él podía sentir esa sensación de frialdad en su estómago —¡¿Cómo?!.. —su mente trataba de encontrarle sentido a la situación —Perdón, nunca supe que salías con alguien. No me dijiste nada. 

—Siento no habertelo contado, pero sólo pasó. 

—¿Con quién… estás? —esas palabras salieron solas de su boca 

—Con Diego

—Cool… —no sabía qué decir más, quería irse de ahí. Estar solo.

—Pensaba decírtelo. Eres mi mejor amigo y...

—Me da... gusto por ti, en verdad —sus ojos se habían llenado de agua pero no iba a llorar ahí, no. No lo haría.

—¿Lo estás?

—Sí, sí… Los he visto juntos un par de veces y se ven… bien 

—¿En serio?

—Sin duda, hacen una bonita pareja… y ¿Cómo fue? —su voz se escuchaba lejana, trataba de ocultar el dolor que le estaba quemando 

—No tenemos por qué hablar de esto

—No pasa nada, en verdad me alegra que estén juntos 

—Perdón, Hipo. Yo no quería que pasara esto… —Astrid trató de abrazarlo pero él dió un paso hacia atrás

—No te disculpes. 

—¿Estás bien?

—Sí, sí bastante bien —quiso ponerle un toque de sarcasmo en su voz pero no resultó —Mejor vámonos o llegaremos tarde. 

Apenas dijo eso cuando un tren llegó. Las personas salieron y ellos subieron, pero el simple hecho de estar a un lado de una persona que te acaba de rechazar era insoportable. Le bastaron unos segundos a Hipo para que se bajara antes de que se cerraran las puertas. 

—Lo siento, no puedo —observó a Astrid por la ventana. Ella parecía entenderlo, sin embargo, también le dolía lo que estaba pasando. ¿Su amistad estaba por terminar? El tren avanzó mientras que él, destrozado tomó asiento de nuevo en la banca. El anciano se acercó para saber el resultado, no se había enterado de mucho a pesar de permanecer en el lugar.
—¿Por qué no te fuiste con tu novia?

—¡Usted! —gritó furioso mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de su mano 

—¿Qué pasó, muchacho? Deberías estar feliz

—¡¿Feliz?! ¡Me lleva la chingada! —el anciano no parecía comprender la magnitud de la situación —Usted tuvo la culpa

—¿Yo? —preguntó extrañado por la reacción de Hipo —¿Por qué? 

—¡Porque le hice caso! Por escuchar sus estúpidos consejos 

—Tranquilízate, muchacho. No pasa nada. Lo puedes volver a intentar

—No entiende 

—Llévale flores…

—¡Me mandó al carajo! —volvió a gritar con enojo —¿Acaso no lo escuchó? Tiene novio, no me ama a mí, ni siquiera le gusto 

—Relájate. No es el fin del mundo.

—No me salga con sus filosofías estúpidas

—Dale tiempo, sé lo que se siente

—No, no sabe nada. Me rompieron el corazón —decirlo en voz alta no parecía ayudarle en nada

—No seas exagerado, muchacho. Eres joven, te queda mucho por vivir

—Mejor cállese

—Tendrás oportunidades para conocer más chicas. Vas a estar bien

—Y ya no quiero oírlo, no tiene idea de nada 

—Sí lo sé

—No, no lo sabe

—Sé lo que es un corazón roto 

—Mejor váyase a la chingada —no quería seguir escuchándolo. Quería irse lejos de ahí, por lo que caminó hacia la salida pero el anciano lo tomó con fuerza de su brazo para detenerlo —Suélteme —Hace un intento para zafarse pero no lo logra

—Conocí a mi esposa en este mismo lugar, hace ya tantos años. Quizás por casualidad o destino. 

—Neta, señor. Me vale madre lo que le pasó 

—No sabíamos que éramos vecinos hasta que nos encontramos un día, íbamos a la misma escuela. Nos hicimos inseparables. Yo sabía que podía contar con ella, y ella contaba conmigo. Luego me di cuenta de lo enamorado que estaba, aunque eso ya te lo conté. Siempre estuve ahí, y me dolía cada que me hablaba de aquel chico con el que salía, pero era feliz, eso importaba.

—Suélteme… No quiero oírlo, déjeme en paz

—Después aquel tipo le rompió el corazón, estuve para ella tratando de que sanara. Fue cuando me atreví a enamorarla, darle más de mí, darle flores, cartas y poemas. ¿Y sabes qué, muchacho? 

—No, no sé ¿Qué?

—Valió la pena el esfuerzo y la espera. 

—No es lo mismo, ella nunca le dijo que no lo amaba. No sabe de corazones rotos 

—¿Por qué crees que no lo sé? 

—Porque no, se quedó con ella —otro pitido se escucha. El tren llega y las puertas se abren para seguir con el mismo ciclo. Personas entran y otras salen. 

—Sé el dolor de un corazón roto. Ella… —guardó silencio —la mujer que amo... murió —antes de que el tren avance, el anciano sube dejando a Hipo mudo por lo sucedido. 

[***]

La banca que se encuentra en el andén del metro está ocupada por un anciano. Observa a la nada, esperando. Un tren llega y salen personas de él, entre ellos sale Hipo con un girasol. Toma asiento, deja la flor a un lado suyo mientras saca una libreta de su mochila. Comienza a escribir algunas frases, otras las tacha; piensa unos instantes antes de que la pluma se deslice suavemente sobre el papel, nada convencido arranca la hoja. Una y otra arranca, estaba comenzando a frustrase por la falta de inspiración. 

—¿Tienes problemas, muchacho?

—Eh no… sólo que no encuentro las palabras correctas —rechazó la ayuda sin despegar sus ojos de la hoja 

—¿Una nota?

—Sí, quiero escribir algo

—¿De amor? —preguntó el anciano, Hipo sintió un dejavú pero ignoró esa sensación —Te puedo ayudar, me considero un poeta 

—Ya le he escrito mucha poesía 

—Nada como la poesía para enamorar —de nuevo sintió esa misma sensación. Esas palabras las había escuchado en algún lugar. Alzó por fin su mirada para toparse con el anciano, el mismo que había visto hacia unos meses 

—¡¿Usted?! ¿Qué hace aquí? 

—Hola, muchacho 

—¡Qué coincidencia verlo!

—A diario viajas por aquí ¿No?

—Sí… ¿Cómo lo sabe?

—Lo supuse

—Si, viajo todos los días en metro —respondió con cierto ánimo —Y ahora que lo veo quiero disculparme 

—¿Por?

—Por lo de la última vez 

—No te preocupes, ya pasó. Y… ¿Cómo te va?

—Me va bien, bastante bien diría yo 

—Y ¿Qué tal el corazón? Estás escribiendo otra nota de amor 

—Sí, estoy mejor

—Se ve...

—Admito que tenía razón 

—¿En qué?

—En no clavarme con alguien que no me amaba, bueno al menos de la manera que yo quiero

—¿Cómo está Astrid? ¿Sigue con Diego? —eso le sorprendió, no recordaba haberle dicho nada al respecto, sin embargo, respondió

—Es feliz con él, sigue siendo mi mejor amiga.

—La dejaste ir

—Me dolió pero tuvo razón. Soy joven y… seguí sus consejos. Conquistar a una chica con poemas, flores y esos detalles

—La vieja escuela siempre funciona ¿No?

—¡Es una maravilla! No me dí por vencido con ella, después de lo de Astrid… conocí a alguien más. Nos hicimos inseparables, no tenía idea de que vivía a lado de mi casa —comenzó a contarle con entusiasmo —Y bueno, ella también le rompieron el corazón, por mi experiencia logré que lo superara. Luché por ella, darle detalles y todas esas cosas que me dijo que hiciera 

—Y funcionó 

—¡Sí! Estoy enamorado y lo mejor es que ella de mí. 

—Me alegro por ti, muchacho

—Y yo fui muy grosero con usted, sólo quería ayudarme en esto y…

—No pasa nada. Estaba seguro de que lo conseguirías, después de todo no cambiaste de opinión

—No sé a qué se refiere, pero sí. Al menos, soy feliz 

—Quería tratar de convencerte de lo contrario, pero fue al revés. Y debo agradecerte por ello 

—No entiendo ¿Convencerme? ¿De qué? —de un momento a otro la situación se volvió extraña 

—De que no te enamoraras 

—¿Cómo ? Creo que hay algo de lo que me estoy perdiendo 

—Sí, quería que no cayeras en el amor 

—Sigo sin entender

—Yo soy tú —soltó de pronto el anciano 

—¡Qué tonterías está diciendo! —Hipo comenzó a reírse de una forma incontrolable

—Es verdad

—¿Se siente mal? 

—Estoy en perfectas condiciones

—No me lo parece —realmente no estaba convencido de que estuviera bien —mejor tómese su medicina. Algo le está fallando...

—No las necesito 

—Pues debería

—Vine a convencerme de que tomé la mejor decisión. Te dije que el amor de mi vida murió

—Eh… sí. Y lo lamento, pero no sé qué tiene que ver conmigo

—Es obvio que no me crees

—Trataré de… creerle. No sería la primera vez que escucho sus… historias —al final no era tan malo 

—Cuida a esa joven, te hará feliz toda una vida —al momento que dijo eso el anciano, un tren llegó. Las puertas se abrieron pero en esta ocasión nadie salió, Hipo no lo había notado hasta ese momento pero la estación del metro estaba en soledad, ni siquiera un ruido. El anciano subió sin decir nada más.

—¡Espere! —gritó —No puede irse así. Pensé que me contaría la verdad 

—Ya la sabes

—No, no la sé 

—Yo soy tú y tú eres yo. Vine a comprobar que vale la pena mi sufrimiento

—¿De qué habla? 

—Serás muy feliz, Hipo —las puertas del tren se cerraron y comenzó a andar hasta perderse en el túnel.

—¡¿Cómo supo mi nombre?! —gritó de nuevo —¿Será qué…? ¡Nah! es imposible, yo nunca le dije nada… pero… —se quedó pensativo —¿Cómo sabía? —preguntó esperando a que alguien le diera una respuesta —es imposible que sea verdad lo que me dijo… No. Lo dudo, él no era yo, de seguro si necesitaba medicamento, igual y si estaba alucinando. 

Regresó a la banca a terminar la nota , un pitido se escuchó. Hipo se apresuró a agregar algunas palabras más mientras que el tren hace su parada. Sus puertas se abrieron para dejar salir y subir a personas; observó a un joven que iba hacia él hasta que estuvo enfrente. Le dio el girasol y la besó con ternura. Ambos chicos se tomaron y de la mano y salieron juntos del andén.










































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Por la mente me transcurre una infinidad de libros, aquellos que me llenaron de vida y me sirvieron como inspiración para desear ser escrit...