Caperucita Roja

El mundo es difícil y más cuando no tienes nada que comer; tengo que volar por todos lados buscando algo que llevarme al pico. Lamento mis malos modales, soy Diaval. Un cuervo solitario que anda de aquí y por allá, en pueblo en pueblo esperando que alguien me tenga piedad y me de algo de comida en lugar de que me den caza. No tienen idea lo horrible que es eso, en especial odio cuando los perros andan tras de mí, tratando de atraparme con sus horribles garras, pero no nos desviemos. En una casa del último pueblo que visité, una humana bastante particular me ofrecía migajas de pan, y de vez en cuando restos de fruta fresca. Era una niñita muy bonita, en todo este tiempo que llevo volando por todos lados, nunca he visto a nadie parecida. Era muy buena, y es parte de la historia que quiero contarles. De la cual, no tenía idea que estaría preparado para ser testigo. Un suceso que me tomó por sorpresa y que hasta el día de hoy he tratado de comprender. 

Siempre me posaba en las ramas del árbol más cercano, tenía una muy buena vista además que me daba mucha curiosidad, así pude notar que la belleza de esa niñita enloquecía a su madre, y por las raras ocasiones que hablaban, también enloquecía a su abuela. Le habían mandado a hacer una caperucita roja con el sastre del pueblo, y le sentaba muy bien que todos la llamaban así: Caperucita Roja. Un día pasé por su casa esperando a que me dieran comida, la verdad es que me moría de hambre y olía bastante delicioso. La madre de la niñita estaba cocinando unas tortas, así que me asomé por la ventana y vi que me habían dejado un pedazo de pan y mientras me lo comía con calma oí que le decía:

—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de manteca. 

La niñita se puso su caperucita y tomó la canasta que su madre le había dado. Me dió mucha curiosidad, además que no tenía nada que hacer, así que decidí seguirla a una distancia prudente, sin que me pudiera ver. Partió en seguida a ver a su abuela, no sabía donde vivía, suponía que lejos. Pasó por un bosque, algo tranquilo y con la oportunidad de posar en un árbol mientras seguía caminando hasta que ví que se encontró de frente con un lobo. Sentí algo de miedo por la niñita, quise decirle algo pero ni un graznido me salía del pico; sobre volé por encima del bosque y noté que había algunos leñadores cerca, Caperucita tendría suerte de no ser devorada… por el momento. Con un gruñido bastante escondido le preguntó a dónde iba, como ella no sabía que era peligroso hablar con el lobo, con confianza le dijo: 

—Voy a ver a mi abuela, le llevo una torta y un tarrito de manteca que mi madre le envía.

—¿Vive muy lejos? —preguntó el lobo, yo esperaba que no le respondiera pero así lo hizo 

—¡Oh, sí! —respondió Caperucita Roja —por el molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo. 

—Pues bien —eso ya no me gustó para nada —yo también quiero ir a verla. Iré por este camino, y tú por aquél, Veremos quién llega primero. 

Ví que el lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto, la niña tomó el más largo; no quería dejarla sola así que emprendí el vuelo, siempre por encima de su cabeza. En ningún momento notó mi presencia, se entretenía en coger avellanas, corría tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Me sentía preocupado, por lo que decidí ir tras el lobo para saber cuál eran sus verdaderas intenciones. Llegó a la casa de la abuela, tocó con sus patas y escuchándose un toc, toc. 

—¿Quién es? —oí que respondió una suave voz 

—Es su nieta, Caperucita Roja —tengo que admitir que era bastante inteligente. Disfrazó su voz, ese gruñido que todavía tenía atorado en la garganta —le traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre le envía. 

Me acerqué más a la casa buscando un huequito para ver. Me encontré un agujero cerca de una ventana. La cándida abuela, estaba en cama porque no se sentía bien, esperaba que así se quedara y no le abriera la puerta, que no hiciera ningún esfuerzo en levantarse pero ella gritó: 

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá. 

El lobo hizo caso, tiró la aldaba y la puerta se abrió. Quise entrar a la casa con velocidad, tratar de advertirle a la abuela pero el lobo cerró la puerta en mi pico. Volví al hueco y lo que vi fue horrible, el lobo se abalanzó sobre la buena mujer. Lo que pasó después fue muy horroroso... la abuela fue devorada en un santiamén, imagino que el lobo tenía mucha hambre. Después cerró la puerta y se acostó en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja. Salí volando de nuevo para encontrar a la niña, advertirle que el lobo la estaba esperando pero ya no la encontré en el camino. Regresé a la casa de la abuela justo al momento en que estaba golpeando la puerta: Toc, toc escuché.

—¿Quién es? —noté cómo al oír la ronca voz del lobo, se asustó, aún así respondió:

—Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre le envía. —oí el grito del lobo 

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá. 

Caperucita Roja hizo caso y tiró la aldaba, la puerta se abrió. Ahora sí me apresure a entrar antes de que me cerraran la puerta en el pico otra vez. La niñita entró y el lobo estaba escondido en la cama bajo la frazada.

—Deja la torta y el tarrito de manteca en la repisa y ven a acostarte conmigo. 

No sabía qué hacer, si impedir que hiciera caso aunque yo también podía correr riesgo a que me comieran, sólo me pose en una viga de madera del techo donde los veía a todos. Caperucita Roja se desvistió para luego meterse en la cama. Noté su sorpresa cuando vió la forma de su abuela en camisa de dormir. 

—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes! —exclamó y tenía razón. Eran muy enormes 

—Es para abrazarte mejor, hija mía. 

—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene! 

—Es para correr mejor, hija mía —¡Y vaya que corría muy rápido!

—Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene! —comencé a pensar en la inocencia que tenía Caperucita Roja para no darse cuenta que era el lobo. Empezaba a sentir pena por la pobre criatura.

—Es para oír mejor, hija mía. 

—Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene! 

—Es para ver mejor, hija mía. 

—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene! 

—¡Para comerte mejor! 

Todo pasó muy rápido, al escuchar esas palabras no pude evitar como el lobo se abalanzaba sobre Caperucita Roja. Sólo se la comió. Hasta el momento siento algo de culpa porque quizás pude advertirle, aunque también ella tuvo la culpa porque las humanas, esas señoritas amables y bonitas no deben oír con complacencia, por lo que he escuchado en otros pueblos, no es extraño que varias son presa fácil del lobo. Además no todos los lobos son iguales: los hay silenciosos, sin odio ni amargura, que en secreto, pacientes, con dulzura van a la siga de las damiselas hasta las casas y en las callejuelas; más bien sabemos, entre todos los lobos, son los más fieros. Y esta fue la triste historia, la que fui testigo silencioso sin poder hacer nada.

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