El día comienza con la monotonía. Las actividades tan banales hacen eco en medio del silencio. El ritual mañanero. Salir a correr, bañarse, arreglarse, tomar una taza de café, cepillarse los dientes y todo de una manera rápida. Personas inician la semana, que probablemente, será extenuante. Las nubes ocultan el sol y la fresca brisa golpea las mejillas de los andantes.Autos transcurren por las avenidas, el metro abarrotado por aquellos que desean llegar a su destino a tiempo. Todo está en calma. La sala de la escuela se encuentra vacía aunque con la compañía de los libros que ansiosos esperan ser leídos. El poeta llega a tiempo, olvidadizo por la cita que tenía con su alumna y quien pacientemente esperó. Se encierran en la oficina para sumergirse en las letras, en la futura novela que debe ser escrita. La asesoría termina pronto, más rápido de lo que esperó la alumna. La escritora cruza la avenida para tomar el metrobús, en el cual toma asiento a lado de la ventana. Se pone unos audífonos para perderse del mundo ajeno a ella, saca un libro de entre su diminuta mochila y se pone a leer. Van pasando las estaciones, personas suben, personas bajan cada uno yendo en su propio camino. Acompañantes, desconocidos. Un anciano toma asiento a lado de la joven. Habla sin ser escuchado, mientras que ella al notarlo se retira un audífono terminando por quitarse el otro, de igual forma, para escucharlo interrumpiendo la canción de metal que estaba oyendo. “¿Qué libro lees?” preguntó el anciano interesado y sin intenciones de romper el hilo de pensamientos en el que se encontraba la chica. Le mostró la portada del libro en el que se leía: El suicido de la mariposa.
— Debes leer algo que no te genere daño. Lo encuentras bonito ¿No?
— Ehh sí, está interesante.
—El cerebro es como un chip de celular. Como esas pequeñas memorias que le caben mucho — Y no notó hasta unos minutos después que su maestra de redacción tenía razón con algo que le había dicho unas cuantas clases atrás, en todo momento usamos metáforas pero no nos damos cuenta de ello. Sin duda, el lenguaje es extenso —Bueno, no te vaya a hacer algo como que te incite a suicidarte — se rió negando rotundamente.
Comenzaba a ponerse entre nerviosa e incómoda por la situación. No es muy común que alguien como ella entable una conversación, y más aún con un desconocido. Sin duda su día se estaba transformando en algo meramente extraño.
—Al final lo encuentras bonito — En su mente estaba estaba flotando una respuesta “Lo escribió mi profesor,” esas palabras quedaron atoradas, las cuales no se vio capaz de expresar —¿Sabes? Yo te puedo decir como ganar mucho dinero desde setenta a noventa mil. Sin drogas ni nada —dice el anciano ante una cara incrédula de la chica — Soy vendedor de helados.
—Guau… —tenía las ganas de abrir de nuevo su libro y ponerse los audífonos. No creía lo que el anciano le estaba diciendo. Al final no era algo que le gustaba escuchar.
—Si quieres ganar dinero, entra en el comercio. Así todos se hacen ricos. Y ¿Qué estudias?
—Escritura Creativa
—¿Es carrera? Me la mataste. Yo no sabia que existía
—Eh si, existe
—¿Y de qué sirve que tengas tanto tiempo estudiando? Mejor déjala y busca la forma de ganar mucho dinero—Era lo peor que alguien le podía decir a la joven escritora. Sus pensamientos estaban llenos de enojo y frustración. Se preguntaba cómo es que alguien podía pensar de esa manera. No juzgaba pero no le era grato escuchar eso. Estaba haciendo lo que más amaba, era hasta cierto punto, estúpido lo que le estaba diciendo el anciano —¿Cómo produces dinero?
—De lo que vaya a publicar
—Anota mi número —desconcertada y de nuevo sintiéndose un poco incomoda, la joven hizo caso. Rebuscó entre su mochila para sacar una pluma azul y anotar detrás de una hoja, escribió el número que le estaba dictando — Pero dame el tuyo también — De nuevo, sin dudarlo, hizo caso. Por unos instantes, su instinto de supervivencia se hizo presente. ¿Estaba segura de darle su número telefónico a un desconocido? La voz semi razonable argumentó que no era como que le llamara algún día o le respondiera. Vivía en tiempos difíciles del país y debía tener cuidado con la gente desconocida e incluso la conocida.
—Ah mira... ¿Y qué te enseñan?
—Poesía, cuento, crónica, ensayo...
—¿Cuánto tiempo llevas? ¿O ya vas a terminar?
—Apenas comencé y es un curso — estaba pensando seriamente bajarse en cualquier estación y e irse en otro.
—Mejor terminalo y… Vas a producir dinero creando ¿No?
—Si, los libros que escriba
—Me dijiste que te enseñan poesía. Ahí te va un poema que yo escribí. ¿Traes celular ?
—No traigo datos
—¿No traes youtube?
—No…
—Bueno, te lo diré a capela
El anciano comenzó a recitar. Un tema del que ya no quería escuchar al menos durante los próximos días: Política. El nuevo presidente elegido que en unos meses tomará protesta. Ciertamente le era indiferente y por ende no lograba recordar el poema, así que si le preguntaban a la chica, no sabría que decir aunque debía admitir que era bueno hablando técnicamente en cuestiones de poesía. Tenía muy buenas rimas. Seguía sintiéndose incómoda y su plan de bajarse o hacer algo sin ser grosera tomaban más intensidad. El silencio acudió a ellos, se preguntó una y otra vez el por qué no se quedó dormida o fingió estarlo para ignorar al anciano.
—¿Y qué tal es tu poesía en comparación a la mía?
—Escribo poesía más libre, sin métrica
—¿Métrica? ¿Qué es eso?
—La métrica son las rimas y el ritmo que lleva
—¡Oh vaya! cada día se aprende algo — asiente con la cabeza sin saber qué más decir. No le estaba resultando para nada fácil la conversación que estaba llevando con el anciano. —¿Vas para tu casa? —de nuevo asiente con la cabeza y soltando ese suspiro. En verdad, mejor se hubiera quedado dormida cuando pudo — ¿Fuiste a la escuela? ¿A qué horas sales?
—Tenía cita con mi profesor. Asesoría.
—¿Le contaste todas tus dudas e inquietudes?
—Si —Otra vez se sumieron en un silencio en el que sólo se escuchaban los sonidos de la calle y los pocos murmullos de las personas que iban a bordo. Estaba tentada de ponerse sus audífonos y perderse en la música, o seguir leyendo su libro que le faltaba poco para terminarlo.
—¿Tienes hijos?
—No —Esas respuestas no expresadas eran muy comunes en su mente. Quiso decirle que tenía mascotas y que quizás consideraba como hijos, sin embargo, ya estaba conociendo un poco sobre la forma de pensar del anciano, por lo que quería evitarse un sermón del cual se podría arrepentir después.
—Y no los tengas — el anciano negó energéticamente con un dedo —Yo tengo cuatro hijos, once nietos y una bisnieta que vive en Estados Unidos. Les pedía a cada uno que me diera doscientos cincuenta pesos para juntar mil ¿Crees que me los dieron? No, me respondieron que tienen gastos y que no podían. Venden casas y terrenos. Tienen dinero ¿No?
—Pues sí
—Por eso les dije que hasta ahí llegué. Que se olviden de mí. Que vayan a chingar a su madre y cada quien por su lado.
—Qué mal — en esos casos no sabía qué opinar. No lo compadecía pero a veces así es la familia, suelen resultar de lo peor.
—Ten relaciones con protección. Nada de que sin condón porque los hombres, aunque tú no quieras, te roban la voluntad. Cojete a un niño bonito —La escritora se le hizo bastante gracia escuchar sus consejos, tenía razón pero tampoco era como que se encontrara muy seguido a chicos guapos o chicos de buenos sentimientos. No sabía por qué no replicó lo dicho por el anciano — Que ellos te den su número, tú nunca les des nada. Ya me voy.
Sin más el anciano se levantó y salió por las puertas del metrobús. Apenas tuvo tiempo de decirle una vago “Hasta luego.” Pensativa de nuevo se puso sus audífonos y reprodujo la canción en la que había pausado. Retomó su lectura mientras que sus pensamientos volaban hacia el anciano. De un momento incómodo pasó a ser algo inusual. No siempre se tiene la oportunidad de hablar con personas mayores y llenas de experiencia. y ¿Por qué no? Personas sabias.
No ma el don!!!! Amé su consejo de que te cojas a los niños pero no tengas hijos!!! Hahahaha
ResponderBorrarEse señor me hizo recordar a un vecino que siempre me ha dicho algo parecido, y que mejor me dedique a trabajar, que ya después piense en matrimonio e hijos
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