En el bosque de Lugh existía un reino, era demasiado sombrío y la luz de sol nunca entraba por esos lares, en aquel castillo vivía un joven rey. Era rico y poderoso, atractivo pero de sentimiento frío y malévolos, sin ningún respeto por nada, el poder que tenía lo aprovechaba para tener sometido a todos, nadie estaba con él por lealtad sólo por temor. A pesar de los esfuerzos que hacían bellas doncellas por estar a su lado, ninguna era digna de enamorarlo ni hacerlo cambiar, aunque en su interior latía con fuerza un temor.
—Mi señor, sé de su poder y de su grandeza ¿Cómo es que ninguna doncella lo ha atrapado?
—¿Atraparme?
—El amor, señor.
—¿Y para qué querría eso?
—Quizás tener un heredero y preservar su reino.
—Luché para quedarme con el reino, le arrebaté el trono a mi padre ¿Por qué quisiera dejarselo a un niño?
—Señor, el pueblo buscará la forma de deshacerse de usted...
—¡Callaos! —gritó el rey molesto —soy el único que estará sentado en esta silla.
—El algún punto morirá.
—¡Lárgate de mi vista!
A pesar de su enojo, sabía en el fondo que su sirviente tenía razón; aunque defendiera el trono, no podía luchar contra la muerte, quizás podría morir repentinamente de una enfermedad o ser asesinado pero tampoco le agradaba la idea de tener un heredero. No tardó en encontrar una solución; si el rey Arturo tenía como consejero al mago Merlín ¿Por qué él no podía tener a un mago que estuviera a su disposición que le enseñara a evitar la muerte? Decidido a esa idea, el rey se enfrascó en un buscar las antiguas leyendas; días y días buscando algún indicio de que verdaderamente existiera un hechicero, estaba a punto de rendirse cuando encontró un mapa. Siguió el camino que le indicaba, se adentró en el bosque de Lugh, una sensación de que era vigilado corría por sus venas, no paraba de girar la cabeza por todos lados, el miedo comenzaba a invadirlo.
—No entres. —dijo una voz que hizo eco por entre los árboles.
—¿Quién dijo eso?
—Sé cual es tu más grande temor.
—Yo… —respiró hondo —Yo… no… no... tengo temores. —una sonora carcajada se escuchó por todos lados.
—Eres un débil humano, incapaz de sentir amor.
—Tengo corazón, sé amar.
—¡MIENTES! —retumbó en el aire produciendo un rayo que iluminó el lugar.
—No miento —titubeo —puedo sentir amor.
—No lo creo.
—¿Cómo lo demuestro?
—Tú sabes cómo.
—No lo sé.
—Si lo logras te daré lo que más quieras.
—¿Lo que sea?
—Tienes mi palabra.
—Acepto.
—Debo advertirte que si tratas de engañarme, sufrirás las consecuencias —advirtió la misteriosa voz.
—No lo haré —respondió el rey. —¿Puedo preguntar quién eres?
Pero al parecer la voz desapareció, algo decepcionado por ello con miedo salió del bosque pensando en la mejor forma de demostrar que podía sentir amor; sólo se le ocurría una forma: casarse. Decidió organizar una fiesta para conocer doncellas y casarse aunque ninguna le atraía. Ninguna cubría sus exigencias, necesitaba un lugar tranquilo para pensar mejor, salió a tomar un paseo fuera de su castillo, cuando encontró lo que buscaba. Esa bella damisela hermosa, se acercó a intercambiar palabras con ella y notó su inteligencia, era todo lo que podía desear aunque no tenía sangre real, era una campesina.
La fiesta se llevó a cabo, la doncella aceptó la invitación bastante sorprendida por el atrevimiento del rey, no pensó en que alguien como él se fijara en ella. Siguió recibiendo cortejos hasta que fue inevitable que se casaran; todos estaban felices por los dos, por la nueva vida que tendrían. Una noche, el rey consideró que era momento de obtener su recompensa, ser inmortal y tener más poder; se adentró una vez más en el oscuro bosque, la sensación de estar vigilado hizo que se le erizaran los vellos de la nuca.
—He venido por mi recompensa —su voz no sonó fuerte ni segura.
—¿Qué recompensa?
—He demostrado que sé amar.
—Todavía no has hecho.
—Claro que sí, me casé con una hermosa doncella.
—Eso no dice nada.
—¡He cumplido!
—Te daré una última oportunidad —la voz se fue desvaneciendo hasta dejarse de escuchar.
El rey regresó a su reino frustrado y enojado, su esposa al verlo trató de consolarlo, pero él la despreció. El tiempo transcurrió, a pesar de todo era probable que comenzara a sentir algo, ser amable con los demás. Ella y él por fin pudieron tener una noche en la intimidad pero su ambición fue más grande. El plazo culminó y el rey acudió al bosque para encontrarse con la misteriosa voz pensando en la eternidad.
—He cumplido. Ahora dame lo que quiero.
—TU ARROGANCIA —retumbó en la noche —TU SED DE PODER FUE MÁS GRANDE.
—No sé de qué me hablas.
—¿NO LO SABES? TRATASTE DE ENGAÑARME.
—No...
—¿ACASO YO MIENTO? —volvió a retumbar —PAGARÁS CARO.
—Yo... no…
—SOY DAGDA, DIOS DE LA MAGIA Y A TI, REY DE LUGH, TE CONDENO A PERECER EN TUS MIEDOS. —un rayo verde iluminó todo, con fuerza golpeó al rey —TUS HIJOS Y LOS HIJOS DE TUS HIJOS NO VIVIRÁN A SALVO. —Sin más, todo se apagó dejando inconsciente al hombre.
Los gritos de su esposa lo hicieron despertarse, estaba aturdido, sin saber cómo es que había llegado al palacio. Lo último que recordaba era haber estado en el bosque, cuando el dios de la magia le lanzó una maldición. Tragó en seco al no tener idea de lo que significaba eso, se levantó para lavarse la cara, se miró en el espejo y vio que su reflejo era un niño ¡PUFF! Era el mismo de antes. Respiró con profundidad, decidió salir a dar un paseo, entre el camino había ramas en las cuales su túnica se quedó atorada. Alguien más le arreglaría la ropa y ¡PUFF! se había convertido en araña, su más grande temor; quería correr pero caminaba en ocho patas y ¡PUFF! Era de nuevo un humano. Estaba asustado, no sabía qué ocurría, la maldición del dios brillaba en su cabeza. Sus miedos. Tenía que contarle la verdad a su esposa, no podían tener hijos sino los condenaría.
—Perdóname.
—¿Por qué? —preguntó extrañada —Sé de algo que te pueda alegrar.
—Nada podrá hacerme feliz.
—Sí, seremos padres. Estoy embarazada.
—No… —comenzó a llorar —Lo he condenado. Y todo por mi arrogancia y mi ambición —dijo con lágrimas en los ojos.
—¿De qué me hablas? No me vas a perder.
—Por mi culpa mi hijo va a ser como yo.
—No entiendo.
—He sido condenado a una maldición.
—Estas lágrimas que derramas demuestran tu amor hacia nosotros.
—Te traté muy mal.
—Has aprendido a amar, te preocupas por tu hijo, y eso es amor.
—Él sufrirá las consecuencias.
—Pero tú estarás con él. Deja de preocuparte por el pasado y vive el presente.
El rey se sentía triste por lo ocurrido pero su esposa tenía razón, por fin comprendía el amor, y aunque estuviera maldito podía tratar de controlarla y ayudar a su hijo, quererlo sin importar la apariencia que tuviera. Los años transcurrieron, el rey supo gobernar de una manera totalmente diferente y Lugh se convirtió en un sitio lleno de luz, educó a su hijo sin dejarle de dar amor. Cuando tuvo una edad mayor le explicó sobre su maldición, el rey pensó que lo odiaría, sin embargo, fue una gran sorpresa saber que no le importaba, y que para él era un don otorgado.
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